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"Un objeto solitario hace señas a un lector solitario"   

Juan B. Ritvo  

 

           

 
 De Lector a Lector
 
 

          Ya está dicho. Todos los que accedemos a esta página somos cazadores. Nos  dedicamos a capturar las palabras que otros atraparon en sus libros, para hacerlas nuestras. Al leer engendramos al autor y el autor para escribir se convierte en el lector de su propio lector  modelo.

         Todos sabemos, y entramos libremente en el juego porque la buena literatura, la que vale la pena leer nos permite, con la anuencia del autor, irnos por  caminos diferentes, cada cual con su libro. El  libro que ha sido capaz de leer.

         Intervienen en  nuestras lecturas las  competencias, los gustos, las inclinaciones, las necesidades y las propias historias: la que vivimos hacia afuera blanqueada y cotidiana, y la otra. La que está adentro  y es el cimiento de la que dejamos ver. Como escribió  Susan Musgrave: Eres cautivo de la vida que has elegido recordar.  Y sobre esa argamasa apoyamos la lectura.

          Al decir leer pensamos en  algo más que repasar con la vista la grafía. Hablamos de  un encuentro intenso entre el texto y la interioridad del lector que  se compromete  en cada palabra, en cada significado. Que cambia  al enrarecerse  la identidad de lo escrito cuando  un nuevo sentido lo alerta o   lo conmueve. Y de un encuentro con lo otro nos  habla Harold Bloom, porque la lectura conjura el sentirse solo y afianza  la personalidad desde la divergencia.

          Al leer se pacta algo así como una relación contractual con el autor,  con las  voces con las que el narrador habla  y con las otras  mentes que nos hacen guiños desde la intertextualidad.

         Así, leyendo, pasamos a la  impensada categoría de coautores, porque ese libro al que accedimos por compra, por compulsión o por la solidaridad de otro apasionado lector, nunca más vuelve a ser el mismo que fue escrito,   y que, en el acto  de  edición, deja de ser propiedad absoluta de su autor. Aquello que no estaba en la soledad de la gestación, lo condiciona.

         Alguna vez oí a Graciela Montes hablar de la amorosa traición al sueño inasible. Decía de esa traición involuntaria que comete el lector, devorador  e intérprete,  y que ella  acepta como parte de este fluctuar entre  ficción y  realidad.

        El  juego  comienza, no en la primera  frase, sino en la tapa desde la gráfica, en el título que nos llama con apenas tres palabras o su verborrágica presencia. Tal vez en  la reseña, que sabiamente escrita, hace surgir las preguntas. Muchas veces en el nombre del autor, que garantiza jerarquía literaria,  o por su desconocimiento, como parte de  un nuevo desafío. 

        También nos acecha aquello que decía Blanchot: lo que no se deja escribir en lo escrito.  Aquello que pertenece a la Infantia de Lyotard, que no es una edad de la vida, sino un hálito que puebla el discurso y que perdurando  en el escritor, éste no puede evitar su  presencia en lo escrito.

        Después de la primera frase nos alertan las hipótesis de texto y nos internamos en el mundo de lo posible que se superpone con el mundo real de nuestra enciclopedia. Es el momento de imaginar-soñar-desentrañar  y competir con el autor.

       Algunos prefieren que sus presunciones se confirmen. Otros ansían ser sorprendidos y que las anticipaciones se vean defraudadas, para gozar con un final, que sólo el dueño temporal de las palabras, el autor,  pudiera pergeñar.

         El libro pasa a ser muchos libros, tantos como lectores.

        Cada cual, con su emoción y su eficacia, se permite elegir connotaciones y representaciones, transcriptas a  su propio libro.

        Una sola historia con múltiples  verdades  en tantas otras almas.    

 

 

 

Marta Mensa

Docente - Narradora

Coordinadora de Talleres

mardecuentos1@yahoo.com

mardecuentos1@tutopia.com.ar

 

 

 

 

 

 

 

 
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