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"Yo puedo contar ese sillón..." 

 

Bs. As, 17 de marzo de 2005    

 

 

Luego de unos meses de espera, finalmente pudimos dar con Forn y su obra, más precisamente su última obra. Nos recibió en Editorial Planeta en oportunidad de la presentación de su Tierra Elegida y con ello confirmó nuestra primer sospecha: Juan es un hombre de palabra.

 

Frente a frente, se ocupa de transformar la entrevista en una agradable y lúcida charla de café, consignando naturalmente en su haber la susodicha lucidez matizada con una pizca de verborragia e histrionismo que le sientan muy bien (a menudo gracioso). 

 

Hoy, Juan no convoca "al personaje" del escritor consagrado, en su lugar nos encara  directo, cordial y sencillo  como si nos estuviera contando historias o sillones en Gesell,  "su tierra prometida". 

  

Germán Echeverría

Justo Echeverría 

                                                                                                              

 

 

  

AdA (J): En relación al título del libro, más allá que explicás que Gesell es el lugar que te permite desarrollarte como escritor, ¿hay alguna relación con los relatos que elegiste o el contenido alude al título?

 

FORN: Sí, por supuesto, para mí La tierra elegida es la combinación de la clase de vida que tengo en Gesell, como digo en el libro, y la relación con la literatura que me permite. Cuando uno tiene 20 años, lee de una manera salvajemente hedónica: chupa como una esponja y es muy indiscriminada la manera en que lee. En el caso mío tuve, desde esa edad, por un lado la suerte y por otro lado el karma de entrar a trabajar en una editorial, y eso significó profesionalizar mi lectura: a mí me pagaban por leer básicamente, tanto en la editorial (durante los quince años que estuve en Emecé y después en Planeta) como en el suplemento (Radar). Recuperar esa otra manera de leer, cuando dejé Radar, fue una inyección de vitalidad absoluta. Y lo que hice durante estos tres años fue eso, un poco por indicación médica (ya que me dijeron: "tenés que parar") y otro poco porque con los cuarenta y el nacimiento de mi hija sonó una especie de reloj biológico interior. Todos estos cambios incidieron en que empezara a buscar otra clase de lecturas. Yo era un tipo que había ido construyendo mi estilo literario basado en gran medida en partes iguales de la literatura anglosajona y la literatura latinoamericana. Y de pronto me sumergí en otro mundo: Mitteleuropa, Japón, en ciertas ramas fronterizas de la literatura como el ensayo sobre arquitectura o plástica o fotografía, con la única obligación de escribir mis notas para Radar, así que convertí eso en la coartada para leer lo que quisiera. Saccomano fue el primero que me dijo, en Gesell: "Vos no te das cuenta, pero llevás acá dos años y ya escribiste un libro", cuando yo me quejaba de que no me salía la novela que estaba escribiendo. Y tenía razón él: mi libido estaba puesta en esas lecturas y esas notas larguísimas, en cambio la novela era como la obligación: por eso no me salía. Cuando entendí eso, y me senté frente a todas esas notas, descubrí que las lecturas que había hecho a lo largo de 3 años, en cierta manera reflejaban mi nuevo mapa genético, mi ADN. 

 

AdA (G): Respecto a los textos en particular, ¿los temas los elegías libremente?

 

FORN: Sí. Cuando entrás a una librería, muchas veces un libro te llama. No sabés por qué ese libro es para vos, leíste sólo unas líneas, o te enganchó desde el título, o la contratapa. Yo hice más o menos eso, con la diferencia de que por lo menos la mitad de esos libros eran de mi propia biblioteca. Uno acumula libros en su vida, comprás 3 y leés a lo sumo 2, bueno, cuando me vine a Gesell yo elegí de mi biblioteca los libros que quería releer y los que no había leído, así empezó la cosa. Después seguí buscando en esa dirección

 

AdA (G): ¿Tuviste algún criterio general para elegir los temas?

 

FORN: Tengo escritas más o menos 100 notas en toda mi trayectoria periodística, que es básicamente la de Radar. Cuando me senté a elegir las notas para el libro, seleccioné las que contenían un relato, las que contaban una historia de una u otra manera, ése fue el criterio inicial. Después empecé a ver que, al escribirlas en un período relativamente corto, dialogaban bastante entre sí, tenían un montón de puntos en común, entonces traté de estimular esos cruces para que fueran creando un sistema envolvente. Sabía que tenía que cerrar con la de Madame Butterfly porque ésa es la novela que estoy escribiendo, así que armé un movimiento de espiral hacia adentro que desembocara en ese japonés misterioso que espero algún día encontrar y en ese epílogo que explica el territorio donde fueron escritos todos esos textos, el territorio que fui construyendo, esa famosa tierra elegida.

 

AdA (G): ¿Notaste que influyó en vos como escritor el cambio o fue algo más íntimo?

 FORN: Con el paso del tiempo te vas sincerando con el lugar que ocupa la literatura en tu vida. Yo hoy ya no me mando la parte, no digo: "La literatura es el valor supremo en mi vida". Después de las cosas por las que pasé, son más importantes mi mujer, mi hija y mi salud, recién ahí viene la literatura. Durante años yo me levantaba a las 2 de la tarde, me iba a trabajar, volvía, estaba pelotudeando un rato con mi mujer y cuando ella se iba a dormir, me sentaba frente a la máquina y cuando salía el sol me tiraba a dormir. La aparición de mi hija me obligó a cambiar drásticamente eso, y después la enfermedad me obligó a cambiar drásticamente mi forma de vida porteña. Irme a vivir a Gesell me permitió mandar a la papelera de reciclaje mental un montón de cosas. Como director de Radar tenía la obligación de estar al tanto de todo lo que pasaba culturalmente en la ciudad permanentemente. En Gesell esa obligación desaparece: si miro a mi alrededor, es para ver cómo entra esa luz extraordinaria de la mediatarde entre los árboles o cómo está el mar cuando voy a caminar a la mañana. Fue la misma sensación que cuando vaciás un departamento en el que viviste rodeado hasta la locura de cosas durante años. Y lo que descubrí, es que viviendo allá pienso mucho mejor. Yo no tenía mucha confianza en mí mismo desarrollando ideas. Creía que lo único que sabía hacer era contar historias. Cuando empecé a hacer periodismo descubrí que mi manera de adjetivar era pereza para no desarrollar una idea. Los adjetivos eran el primer chispazo de una idea que yo no sabía desarrollar. En Gesell, con todo el tiempo del mundo a mi favor, cada vez que tendía a poner un adjetivo, pensaba: "¿por qué ese adjetivo?, ¿qué quiero decir con eso?". Y descubrí es que, si exprimís el adjetivo a fondo, descubrís la idea que hay detrás. Entonces, el adjetivo puede volar, y lo que queda es una especie de crescendo de ideas, un concepto lleva a otro y a otro. Y, como creo que estoy genéticamente hecho para contar historias, la sucesión de esas ideas fue armando eso que los anglosajones llaman el relato de ideas, que en mi caso al menos, siguen siendo relatos, en el fondo.

 

AdA (G): En algunos textos parece que hubieses hecho cierta investigación por la forma en que los abordás, por ejemplo, el arquitecto de la pampa, Salamone. ¿Cómo fue que llegaste a él y cómo le seguiste el rastro?

 

FORN: A mí de Salamone me llegó a través de las fotos de esos edificios suyos. Y me gustaron simultáneamente las fotos, los edificios y la idea de ese loco haciendo cementerios y mataderos monumentales en el medio de la nada. Armaban entre todas un misterio que me sedujo enseguida, y mi texto es así precisamente para hacer justicia a los tres elementos del misterio. Por un lado, me interesa saber que le pasó a ese tipo que en un período de menos de 3 años hizo lo que hizo, después no construyó nunca más nada y no dejó un solo papel explicando cuál era el proyecto y por qué se le había ocurrido. Por el otro tenés la familia del tipo, que no reivindica en lo más mínimo el trabajo de él, al contrario, prefieren no hablar. Y después tenés a este grupo de fotógrafos que se pusieron a relevar la obra de Salamone de esa manera tan aventurera, tan poco orotodoxa. Es la combinación de todos los elementos lo que generó mi intriga y mi interés. Uno escribe para saber cómo termina esa historia que está contando: uno es el primer lector de esa historia, ésa es la gracia de escribir. Y, una vez que descubrís cómo termina, empezás a escribir de atrás para adelante. Como decía Kierkegäard: "la vida se vive para adelante y se entiende para atrás". Ese movimiento de pelo y contrapelo permanente, eso es para mí la literatura, ese ir y venir.

  

AdA (J): ¿ Te sirve como catarsis la escritura?

 

FORN: Para mí, escribir es una consecuencia directa de leer. Y es en ese sentido que reivindico a García Márquez, porque GGM es un tipo que escribe con los 5 sentidos, y que me obliga a mí a leer con los 5 sentidos. Y cuando vos leés así, sentís que las "ideas" te vienen de cualquier parte. Pueden venir de una cosa auditiva, sensorial, olfativa, visual... Así es cómo fui armando estos relatos. Poniendo todas esas cosas sobre la mesa y pensando: "bueno, a ver cómo se escalonan, cómo se arman, adónde me llevan". Hay ciertas cosas que sólo aparecían muy lateralmente en la nota de Radar y cuando decidí poner ese texto en el libro, traía para adelante eso que estaba casi en el fondo en la versión original, y ordenaba los demás elementos para privilegiar esa idea principal, ese hilo conductor del relato. Nunca me pasó escribiendo ficción tener esa sensación de soltura, de libertad, que he sentido escribiendo este libro. De hecho, en mi próximo libro voy a combinar elementos de ficción y no ficción todo lo que pueda, voy a tratar de ir un paso más allá que con La tierra elegida.

 

 

AdA (G): En alguna parte también señalás que la angustia o el sin sentido es la marca de esta época, ¿eso te lleva a tener una visión pesimista o pensás que es posible superarla?

 

FORN: Yo no sé si lo superás o si te distraés con elementos que te permiten olvidar por un rato de eso. Uno es pendular, pasa del estado de ánimo de Beckett/Cioran, esa visión tremendista de la vida, a la visión panteísta de García Márquez o alguno de los heterónimos de Pessoa. Mi situación actual tiene mucho que ver la irrupción de mi hija. Cuando sos solo, coqueteás más con los excesos, con el lado autodestructivo, eso de "voy a arder un rato como un bonzo a ver cómo es el lado peligroso de la vida". Cuando tenés alguien a cargo, empezás a regular, a buscar más por el otro lado, por la vereda soleada de la vida. Por eso me fui de la ciudad, también. Sin embargo, hay un punto en donde sos más o menos el mismo siempre. Éste sigue siendo un libro mío, en la medida en que cuenta un montón de historias tristes. Si bien es alegre, porque es una especie de celebración de la alegría de leer, cuenta historias tristes. Y todos mis libros son un poco así, a mí me gusta la tristeza, no puedo evitarlo. Hay gente que le gusta el blues.

 

AdA (J): Hablando de la tristeza, ¿te parece que para crear es importante el tema de la angustia o haber pasado alguna situación triste?. Hay artistas que sostienen que hay que pasar por el drama. 

 

FORN: A mí me parece indispensable la angstia. Pero también me parece ineludible, esa sensación de que "uno es en el mundo rodeado de otros".  No alcanza con paliar la angustia o el dolor personal, eso no hace que tu vida sea un jardín de rosas. Uno nunca va a entender la historia humana si no pone los piecitos un poco en la angustia y para apuntar arriba tenés que asomarte un poquito al abismo. 

 

AdA (G): Respecto a tus obras, ¿buscás algún mensaje, algo en particular o simplemente contar, narrar una historia?

 

FORN: De la misma manera que yo empiezo a contar una historia sin saber exactamente qué es lo que cuenta, muchas veces termino de contar una historia sin saber todo lo que cuenta, hay cosas que esa historia cuenta que yo las descubro cuando las releo. La razón por la cual una mujer te sigue resultando atractiva a medida que pasan los años es que sigue teniendo una zona de misterio absolutamente inaccesible, de ahí viene la sorpresa permanente. García Márquez repite esa frase de Borges: "Sólo valen la pena los libros que vamos a releer". Para que un libro te guste igual o incluso más cuando lo releés, tiene que conservar una cuota de misterio, porque en esa medida sigue diciéndote cosas. Yo creo, cuando planto una historia, que dice más de lo que yo creo que dice. Apuesto a que diga algo que yo no sé exactamente qué es.

 

 AdA (J): Cómo lector, ¿qué te gusta que te deje una obra, además del placer de leerla?

 

FORN: A mí los libros que más me gustan son los que me generan más turbulencia emocional, los que me llevan por diferentes estados, por diferentes picos emocionales.  Básicamente me gustan por lo que me enseñan. Entre las cosas que me enseñan están esos yeites técnicos o líricos que me sirven para incorporar como nuevos elementos de mi arsenal estilístico, pero también está el hecho de que esos libros se convierten en refugios que están ahí disponibles, al alcance de la mano, en mi biblioteca, cuando los necesite. Las dos cosas que busco son ésas, picos emocionales por un lado y por el otro, una especie de garantía de que habrá más de eso cada vez que vuelva a ellos.   

 

AdA (G): Yendo un poco para atrás. ¿cuándo empezaste a escribir y en qué momento realmente te sentiste un escritor?

 

FORN: Empecé a escribir con conciencia de que eso era o quería ser literatura más o menos a los 14 años, empecé escribiendo poemas. De chico había leído muchas revistas, a mí en casa me decían "Revistita Mejicana". En casa había un culto a la vida al aire libre, y siempre me decían: "salí un poco, andá afuera a correr como los demás, en vez de estar acá encerrado leyendo". Un poco agradezco que mis viejos me hayan obligado a salir un poco alas patadas porque así descubrí dos cosas que pasaron a ser supremas en mi vida de entonces: el fútbol y el rocanrol. Cuando empecé a juntarme con los otros pibes descubrí cómo me gustaba jugar a la pelota y tocar rocanrol. Por eso, lo primero que traté de ser fue futbolista profesional, como me probé en varios clubes y no quedé, traté de tocar en una  banda, hasta que los demás me dieron a entender que yo no tocaba lo suficiente como para ser miembro estable de la banda (risas). Así que me quedé con la literatura. Y escribir poemas era muy útil para hacerte el loco. En mi adolescencia yo pasé de ser un chico muy obediente y prolijo a armar todo el bardo que podía. Y la poesía me servía para oponerme al mundo en el que había crecido. Pero, por otro lado, esos poemas que encarnaban mi rebeldía servían también para enganchar cierta clase de niñas a las que les gustaban los desajustes.

 

AdA (G): Como dice Dolina entonces...

 

FORN: Sí, en general, 9 de cada 10 escritores o quizás 11 de cada 10 son nabos de origen.  En el origen de su necesidad o deseo de escribir está una ingenuidad y una inseguridad mayúscula. Montamos el numerito del escritor y primero nos creemos escritores, recién con el tiempo empezamos a escribir de verdad. Yo me creía un poeta maldito que iba a arder y a morir joven (risas). Eso era una mezcla de la mitología del rock y los poetas malditos, ser como Vallejo o Pizarnik, o como Hendrix o Morrison. A partir de la adolescencia, esa impostura inicial fue cobrando cada vez más peso, me lo empecé a tomar un poco más en serio. Mi mujer se caga de risa porque cuando ella habla de las discotecas a las que iba desde los 16, yo no conozco ninguna; había ido a ver  todos los conciertos de rock de las bandas más infectas de aquella época pero no había ido nunca a bailar. De hecho no leía novelas siquiera. En esa época lo único que leía era poesía y ensayos sobre poesía. De pronto a los 20 años, en Europa, adonde me había ido en un avión de carga, clásico viaje iniciático, estuve casi un año viviendo allá, era el 80 y en España empezaban a publicarse aquellos libros de bolsillo de Bruguera muy baratos. Así empecé a leer a Henry Miller, Rayuela de Cortázar, y de pronto descubrí que lo que me gustaba era contar historias, que la poesía no era lo mío. Ahí empecé a escribir ficción. Pero creía que había que tener una vida que te permitiera haber acumulado suficientes episodios que se pudieran convertir en materia narrativa. Y yo sentía que no tenía nada, hasta que rebuscando en mi pasado me topé con la figura de mi abuelo paterno, que era un personaje. Justo cuando yo estaba allá, mi abuelo se murió y mis viejos aparecieron con un pasaje de vuelta para mí. Estaba viviendo en París, en un dormitorio prestado, en la Ciudad Universitaria, que lo tenía que dejar. No tenía un mango partido por la mitad y aparecieron mis viejos con ese pasaje de vuelta y con la noticia que se había muerto mi abuelo. Yo venía ya tratando de contar una historia relacionada con mi abuelo y eso fue un doble shock. Primero sentí que claudicaba por volver con ellos a la Argentina pero, por otro lado, al llegar conseguí un trabajo de recepcionista en Emecé. Y en una máquina de escribir en la editorial empecé a escribir ese libro y de a poco sentí que empezaba a vivir dentro de mí mismo por primera vez. Esa fue la sensación cuando empecé a escribir esa historia que terminó convirtiéndose en mi primera novela Corazones. 

 

AdA (G): ...y los poemas que escribiste cuando eras chico, ¿conservas alguno?

 

FORN: Lo más oculto posible (risas).

 

AdA (G): ¿No los quemaste como intentó Kafka?

 

FORN: No, porque algunos se publicaron, ése es el problema. Por suerte las personas que tienen esas plaquetas de poemas horrorosos no saben dónde las tienen (risas).

 

AdA (J): Y el momento de inspiración, ¿cómo surge?, ¿vas manejando una historia en tu cabeza porque vivís algo, lo ves en alguien y después lo transformas o de golpe baja una idea?

 

FORN: La técnica para escribir tiene muchísima relación con las primeras figuras tutelares que vos elegís. Para mí encontrarme a Cortázar fue muy fuerte (a tal punto que cuando llegué a vivir a París averigué cual era la dirección de Cortázar y lo seguía por la calle; nunca me animé a hablarle pero lo seguía). Cortázar decía que cuando él empezaba a escribir un cuento nunca sabía como terminaba. Ahora tiendo a pensar que no era tan así, ni para él ni para nadie, pero al principio yo escribía sin saber adónde iba, cosa que me lo hacia bastante complicado. Mi primera novela la hice así: escribí el primer capítulo, después el segundo, ahí corregí el primer capitulo y el segundo, y así seguí, escribiendo y corrigiendo lo que tenía de acuerdo a lo que iba descubriendo de la historia. Escribí así hasta Frivolidad. Con Puras mentiras empecé a pensar las cosas más de antemano, a amasar dudas en mi cabeza. Antes, me dejaba llevar, y a veces me iba por un camino sin salida y tenía que retroceder, "por ese lado no va", o retocar: "aquello que puse en un principio no funciona", "esto lo tengo que sacar", "ahora todo trastabilla, ¿qué tengo que poner para que no trastabille?". Creo que con el tiempo uno va descubriendo su manera de escribir, y eso es lo que conforma su estilo. Por eso siempre digo que el estilo es una suma de plagios. Lo que hacés es robar de todos los escritores que leés, que te interesan, todo aquello que te puede servir para la historia que estás contando, y así vas conformando tu manera de contar una historia. Por el hecho de haber sido un adolescente rebelde, un aspirante a poeta maldito y un "contador de historias" o narrador puro, siempre subestimé la racionalidad. Íntimamente siempre me sentí medio tonto a la hora de pensar. Es más, reivindicaba aquella frase de Anthony Burgess que dice que los narradores puros no son muy inteligentes, que la demasiada inteligencia arruina el don de contar historias. Por eso un poco me cagaba en los libros de ensayo, y ni hablar de la teoría. Sólo leía, devoraba, ficción. De todas partes, pero ficción. Después, con el tiempo, vas descubriendo que te interesan todas las maneras posibles de que te cuenten el cuentito, y así entrás en la historia de las ideas, en el ensayo de todo tipo. En mi caso fue porque empezó a interesarme cada vez más cómo se construían las ideas en mí mismo. Creo que la obligación de cualquiera como escritor es ir sumando cada vez más elementos a su arsenal, a su personalidad. Y cuanto más leés, más aprendés. Para mí la lectura es la fuente principal de conocimiento del mundo, de manera que cuanto más leo, más se amplían mis horizontes, y en la medida en que se amplían mis horizontes puedo contar más historias. La apuesta final es similar a aquella frase de Isadora Duncan, cuando le preguntaron si era capaz de bailar cualquier cosa, y ella señaló un mueble a su lado y dijo: "Yo puedo bailar ese sillón". Bueno, yo aspiro a poder contar ese sillón. Porque historias hay en todas partes: debajo de cada piedra que levantás hay una historia. Lo que yo quiero encontrar es esa fluidez, esa cosa de estar como pez en el agua, narrando lo que sea. Ser un narrador total. Eso es lo que me gustaría hoy. Quizá dentro de diez años te digo lo que me gustaría es atender mi jardín.

 

 

AdA (G): Retomando tu frase: "el estilo es una suma de plagios", ¿cuáles son los autores que te marcaron?, si es que tenés algún grupo en particular.

 

FORN: A mí me disgusta bastante el tema de los cánones. La sociedad en que vivimos hace un culto de la competencia y de la misma manera que los tenistas suben o bajan cada semana en el ranking de la ATP, pareciera que funciona el cánon. Entonces hoy Tolstoi está en el top five, y mañana bajó treinta puestos y así con todos los escritores grossos. Basta mirar tu biblioteca para ver que la literatura no funciona así: la literatura es la coexistencia de muchas cosas que te gustan; de hecho hay tipos que te gustan por lo chiquitos que son. Si te tengo que decir ordenadamente, la primera catarata o influencia bestial qure tuve fue la combinación de Henry Miller, Cortázar, y las puertas que me abrieron ellos. Porque por el lado de Cortázar descubrí a Marechal y a Arlt, y a los cuentistas del 60 para acá, en particular Abelardo Castillo, Briante y Piglia. La combinación de Borges, Arlt, Onetti, y Rulfo para mí fue otra explosión. Después la gran banda de escritores norteamericanos Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, la época de oro. Después vienen los rusos, Tolstoi, Dostoievski, Chejov y Babel en particular, y los europeos, que en mi caso son más alemanes, italianos e ingleses, que franceses o españoles. Y por la misma época los latinoamericanos del boom y cercanías. Por supuesto hay tipos que son para leer a los 20 años pero si los leíste muy a fondo los seguís queriendo toda tu vida aunque no los leas más. Yo todavía tengo recortado y pegado en un cuaderno el diario del día que murió Cortazar, esa foto que salió en Tiempo Argentino, de él con Carol Dunlop su última mujer. Me acuerdo como si fuera hoy que era un día de lluvia en Buenos Aires, yo llegué a Emecé, tenía que abrir la oficina, era el primero en llegar y, como llovía, ese día todo el mundo llegó tarde. Hubo 40 minutos que me quedé sólo y tuve la sensación que me podía quedar solo todo el día ahí encerrado en Emecé con el diario humedecido en la mano no pudiendo creer que se había muerto Cortázar, pensando: "se murió para siempre". Los autores de los libros que más me gustan son como mi santoral. Lo que pasa es que la literatura es una religión politeísta, asquerosamente politeísta porque tenés mil dioses y todos son tus dioses y tus padres y tus mejores amigos a la vez. Y no solamente los autores, sino los personajes que más te gustan. Esa gente para mí es como mi familia.

 

AdA (J): Y vos con tus personajes ¿cómo te relacionas?, ¿cómo empezás a crearlos?, y después cuando ya está impreso el libro, ¿cómo lo sentís?

 

FORN: Al principio los amaba, después pude lograr una relación un poco más desprendida. Es que yo empecé con un personaje que era una especie de alter ego mío, llamado Iván Pujol que con el tiempo conseguí convertir en una entidad relativamente autónoma, generando personas en el medio que me separaran de él. Eso fue lo que más me funcionó. A mí me impresionó ya desde el principio el uso de un alter ego, me acuerdo cuando leía la manera en que Cortázar había escogido Oliveira y Sábato se ponía a sí mismo en Sobre héroes y tumbas, o la manera en que Castillo se usaba a sí mismo o Esteban Expósito, o Philip Roth a Nathan Zuckerman. Yo creía que iba a ser siempre un escritor de alter ego, que ese personaje me iba a acompañar en todos los libros, o que al menos iba a resucitarlo cada tanto para una nueva aventura. Pero con el tiempo se me fue pasando. Me resulta más difícil ahora agarrar un personaje que construí a los 20 años y lidiar con él ahora. Hay un punto en que ya no puedo verle más cosas y en la medida en que ya no le puedo ver más misterio, nada nuevo o nada enigmático pierde atractivo como materia narrativa. Ahí está, es como uno más de mis muertitos. Uno tiene su cementerio lleno de sus muertos queridos y sus muertos ilustres.

  

AdA (G): ¿cómo ves en este momento el nivel de la literatura argentina?

 

FORN: Casi todos los que leen en castellano  te dicen la media de la literatura argentina está por encima de las demás literaturas escritas en nuestro idioma. Es cierto que tiende a ser más sólida que las demás, al menos como corpus. Lo que pasa con la literatura argentina es que, siendo relativamente reciente, ya que empieza casi a fines del siglo XIX, tuvo muy rápido unos padrecitos que te la regalo, con dos figuras tan descollantes como Borges y Arlt, que definen muy claramente el sistema olímpico literario argentino. Pero además de Arlt y Borges, tenés a Marechal, que para mí también está ahí arriba de todo, y a Puig, que a mi gusto también arrima el bochín allá arriba. Para peor, como Borges vivió hasta ayer y Puig lo msimo, y como a Arlt se lo ninguneó hasta antes de ayer, es como que tenías a tu alrededro a los padrecitos fundadores. Y de pronto todas estas figuras de "primera línea" desaparecen (incluyamos en esta lista a Cortázar, a Bioy, a Manucho incluso, a Walsh, al propio Sabato), y me parece que cuando se mueren todos ellos se produce un especie de conflicto de identidad para la literatura argentina. Porque la literatura funciona como parricidio, y de pronto la literatura argentina se quedó huérfana, no tenía ningún padrecito que matar. Y ahí tenés a un montón de aspirantes a los sillones vacíos, y por eso hay tantas operaciones para llevar allá arriba a alguno que no consigue llegar solo. Y por eso también hay tanta desacreditación mutua, de los actuales y de los anteriores. Es una cosa que a mí mucho no me funciona porque tengo esta convicción de la literatura absolutamente politeísta. Para mí conviven todos los que me gustan, no existe el canon, no hay ranking. Hay un montón de escritores argentinos actuales que me gustan, de tipos muy disímiles entre sí. Me encanta cómo escribe Abelardo Castillo, me encanta Santa Evita de Tomás Eloy Martínez, Respiracion artificial y Cadena Perpetua de Piglia, Puig, Walsh, Briante, cosas de Aira, Fogwill Belgrano Rawson. Por ejemplo, todo el mundo habla de Andrés Rivera como novelista, a mí lo que más me gusta de Andrés Rivera son los cuentos. Hay tipos del interior que hoy no están en el canon pero que a mí me parecen buenísimos, como Daniel Moyano, o tipos hoy un poco marginados como Blaisten. Por eso cuando hice la antología para Anagrama ("Buenos Aires") parecía que al único enfermo al que le podrían gustar todas esas cosas al mismo tiempo y simultáneamente era a mí. A lo mejor es porque soy un poco esquizofrénico pero a mí me gustan auténticamente. Sé que a la mayoría de los tipos que puse en esa antología les disgustaban mucho al menos dos o tres de los que la integraban. Pero supongo que la razón por la cual pude funcionar bien siendo editor de libros en su momento y director de un suplemento literario cultural fue por la amplitud de gustos que tengo. Piglia decía que como lector uno tiene una tendencia a ser selectivo, pero cuando  tenés que trabajar como editor de libros o de un suplemento tenés que tener un criterio aglutinante. Yo tiendo a pensar con un criterio aglutinante. Por supuesto que hay libros que tiro. Me pasa con libros que no leo hasta el final y que sin embargo tienen cosas que me gustan muchísimo. Hay partes del Ulises que me parten la cabeza, sin embargo como libro no es uno de mis libros preferidos, para dar un ejemplo ilustre. 

 

AdA (G): y, ¿cómo seleccionabas como editor, más allá de este criterio amplio?, ¿tenías algún parámetro general o era algo más intuitivo?

 

FORN: Ya no me acuerdo tanto. Todo libro en un determinado momento enuncia lo que quiere ser, basta empezar a leer y te vas a encontrar tarde o temprano con una frase que te dice qué quiere ser ese libro. Entonces yo lo que trataba de hacer era ver qué era lo que se proponía el autor y hasta que punto cumplía lo que se proponía por un lado, y por el otro, cuánto conseguía abarcar sin proponérselo. Las dos caras, el yin y el yang, la combinación de esas dos cosas era lo que terminaba decidiendo si ese libro valía la pena publicarlo o no. Pero no se puede generalizar. Hay cierta clase de libros que publicás porque hay un montón de personas a las que les va a gustar y hay otra clase de libros que publicás porque a la poca gente que le va a gustar, va a ser tan fanática que le va a garantizar la sobrevida. Por supuesto, metido adentro del caos que significa una editorial (y lo mismo es un suplemento cultural), la supuesta coherencia que vos descubrís en tu trabajo la descubrís mirando para atrás. En el momento puede venir alguien que trabajó conmigo acá en la editorial o en Radar y decir: "vos ese libro lo publicaste porque tenías un agujero y había que llenarlo y no sabías con qué", y lo más probable es que tengan razón (risas).

 

AdA (J): ¿cuál es tu próximo proyecto?

 

FORN: El que cuento en el último texto de La tierra elegida, esa historia de Madame Butterfly y mi bisabuelo. En realidad la estoy escribiendo hace dos años pero ahora me parece que por fin encontré la voz para poder contarla. Para mí, hasta que no encontrás la voz, el libro no avanza. A mí se me allanó el camino cuando en Corazones, mi primer libro, encontré la segunda persona, así como descubrí que en realidad no había escrito un cuentito sino que tenía un punto de vista cuando escribí "Para Gaby siquiere", el texto que detonó los demás cuentos que armaron Nadar de noche.

 

AdA (G): Bueno, para terminar algún consejo para un escritor que recién se inicia.

 

FORN: Leer. Cada libro que empiecen a leer sólo sigan leyéndolo si les parte la cabeza. Si los deja tibios déjenlo, y agarren otro. Y también copien de todo lo que lean y escuchen, descaradamente, no tengan el menor pudor en copiar. Me ha pasado que para sentir de verdad un texto que me gustaba, lo tipeaba y así lo sentía hasta en las manos. No sólo parendí a escribir a máquina haciendo eso, además aprendí a sentir la respiración interna de ese texto. Y el último consejo es el que daba Rilke: "si podés vivir sin escribir, no escribas", no molestes (risas).

 

 

 

                              

Por Germán Echeverría

y Justo Echeverría

 

 

 

 

 

   

 

 

 

 
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