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Entrevista con el escritor

    Franco Vaccarini 

  

" Al escribir para chicos, crecí como escritor"

                                                           Bs. As., 13 de diciembre de 2006    

                                                         

 

Autores de Argentina (Germán Echeverría): Antes de comenzar la entrevista propiamente dicha, felicitaciones por el premio El Barco de Vapor 2006 otorgado a tu novela La noche del meteorito. Me imagino que será una gran alegría, más aún, teniendo en cuenta el importante paso que diste el último año dejando tu antiguo trabajo y dedicándote de lleno a la escritura. Contanos un poco cómo llegaste a esa decisión que te habrá generado alegría y al mismo tiempo cierta incertidumbre, y las sensaciones al recibir el prestigioso premio.

 

VACCARINIGracias, Germán. A pesar de que soñaba con ganarlo desde que fui a la primera entrega del premio, en el 2002, me desbordó la sorpresa, la sensación de irrealidad, la alegría. El premio llegó en un momento especial, porque hace más de un año decidí algo extraordinario: que mi vocación y mi trabajo convergieran; ser escritor en todos los sentidos. Ahí tuve otro aval incomparable, el de mi compañera, el de mis hijas. Y acá estamos.  Y estamos porque no estoy sólo, porque me siento acompañado. Yo puse convicción, puse buen ánimo, pero reconozco que por momentos me decía: estoy loco, rematadamente loco... en realidad era un reflejo del "funcionario que hay en mí", como escribió Kafka en una de sus cartas, porque yo tuve trabajo literario todo el tiempo, lo que no tengo más es el sueldo a fin de mes, tengo otro ritmo, otra forma de medir el tiempo y el dinero. Yo leía los diarios de Kafka y me quería matar. Tenía un empleo que le chupaba la vida, en sus días malos, anotaba cosas así: "Ya no solo perdí la capacidad de escribir. ¡También perdí la capacidad de leer!" ¡Pero sí que pudo escribir!

Por mi parte,  me sentía atrapado en la oficina, aunque arrojaba botellas al mar y comencé a publicar más seguido y a conocer más gente del medio. Cuando tomé la decisión ya tenía un conocimiento del terreno.

 

 

AdA (G): Yendo al libro en particular, me llamó la atención y me causó mucha gracia el lenguaje que utiliza el extraterrestre en la novela, una mezcla entre castellano antiguo tomado del Quijote y telegramas de oficina. ¿Cómo se te ocurrió crear ese "dialecto"?

 

VACCARINI: Hace seis o siete años, en un viaje a Bariloche, tuve la idea de escribir una historia con un extraterrestre que aprendiera nuestro idioma leyendo el Quijote. Nunca pude avanzar con eso, pero la idea quedó. Y en esta novela la incorporé con naturalidad, agregando un detalle: mezclé el castellano antiguo con el particular léxico de las cartas comerciales, los telegramas, para crear ese "dialecto", que busca un efecto humorístico, pero que tiene su justificación en la trama. Esta fue una novela feliz: me interné en lugares de Buenos Aires que me resultan entrañables, como el  Parque Centenario y el Museo de Ciencias Naturales, pero también aparecen los animales y la astronomía, un detective francés que no habla bien el castellano, y el detalle de una misión real a la luna Titán de Saturno, lanzada en forma conjunta por la NASA  y la Agencia Espacial Europea. Las primeras treinta páginas se las pasé a dos amigos escritores, de buen ojo,  y ellos me confirmaron que la cosa iba por buen camino.

 

 

AdA (G): En una entrevista comentás que ya a los 12 años tenías decidido ser escritor. Ahora bien, ¿cuándo sentiste que eras realmente un escritor en el pleno sentido de la palabra y que tenías posibilidades de  llegar a publicar obras y vivir de esa vocación?

 

VACCARINI: Hay historias con muchos principios ¿no? Depende el "corte" que uno haga. Si bien desde siempre quise ser escritor, hubo un largo tiempo de cultivar ese deseo sin encontrar un camino concreto. Siempre escribí, claro, pero de ahí a publicar... Yo marcaría el año 2001, cuando publiqué mi primer libro en Cántaro, Ganas de tener miedo, un relato de misterio para chicos, que sigue vigente, reeditándose. Fue mi primer contrato profesional. Si bien la crisis que vivió el país hizo que el resto de los proyectos marcharan muy lentamente, terminé acumulando tanto material que en los últimos dos años publiqué más que en el resto de mi vida. Pero hay otro momento determinante, anterior: es cuando me asumí como escritor, a secas. Soy escritor y al andar se hace el camino, digamos. Y hay que andar. Como dice la canción "di vuelta contra la pared las imágenes sagradas" y me largué con todo, porque otra cosa no hay, no hay vocación suplente Y si me comían los leones, me comían. Pero no. Hice como que era valiente y funcionó.

 

 

AdA (G): La literatura infantil y juvenil presenta una particularidad: está dirigida a personas que el escritor mismo ya no es y parece que siempre se corre el riesgo de caer en dos extremos: remitirse a la propia infancia olvidando las diferencias que existen con los jóvenes de hoy o imaginando un niño que muchas veces termina desembocando en cierto "infantilismo". En tu escritura parecés esquivar ambos peligros, ¿cómo lo lográs y cómo imaginás ese lector al cual van dirigidos tus libros?

 

VACCARINIYo escucho a mis hijas, a sus amigos, y también a los editores o editoras cuando hablan, cuando sugieren, porque tienen más lucidez que el escritor para saber cual es el público potencial.... Me gusta usar la primera persona y a veces esa primera persona es un chico de 14 años, como en La noche del meteorito. Es muy complicado ser verosímil, queda muy feo poner expresiones que no son propias de los chicos en los diálogos, por ejemplo. Ponerse en el lugar del otro es casi la clave de la narrativa. Por ahí, es más difícil ponerse en el lugar de un prócer al escribir una novela histórica, que en el lugar de un chico. Yo nunca fui un prócer, pero tuve infancia, todos tuvimos infancia. ¿Será mucha la diferencia  con los chicos de hoy? Sí y no. Sí, en el sentido que hoy tienen gustos diferentes y saberes diferentes, por ejemplo, la informática, la música, el chateo, cosas que ocupan su tiempo de otro modo. El celular es un juguete sofisticado y muchos lo tienen y todos lo saben usar desde cierta edad. Pero si la mirada es más fina, llegás a la conclusión de que en lo esencial no hay tanta diferencia. Lo que les provoca miedo y lo que los hace reír o llorar es lo mismo de siempre. Cambia el entorno, cambian las máquinas, los objetos domésticos, la forma de hablar, pero son cambios superficiales. El cambio más grande es Internet, sin dudas. Para chicos y grandes: esa sensación tan concreta de que se pueden anular las distancias, que se puede abolir el espacio que separa a las personas y... ¡toda esa información a mano! Por fortuna, a muchos lectores los veo cara a cara, sobre todo en las escuelas y, en menor medida, en las ferias. Hace dos días tuve un encuentro con chicos de sexto grado. Eran cien chicos, de tres divisiones que habían leído mi novela Eneas, el último troyano, una versión de la Eneida, de Virgilio. Salí con la sensación plena de que nos comunicamos, de que pensamos juntos. Una nena me preguntó si yo elegía las palabras al escribir. ¿No es fantástico? Sugirió la posibilidad de otra instancia, ajena al escritor, que tomara decisiones por uno. Eso me hizo pensar que escribir es un acto de fe, o, si querés, de confianza, pero también en la sugestión que hay alrededor de estos asuntos.

 

 

AdA (G): En relación con la pregunta anterior, ¿qué te brinda la literatura juvenil e infantil a diferencia de la literatura para "adultos" y qué diferencia encontrás o buscás en cada una de ellas?

 

VACCARINI: Por ejemplo, me acuerdo, allá por 1998, cuando presenté un conjunto de cuentos en la editorial Simurg y Sylvia Saitta, que entonces colaboraba con el editor Gastón Gallo, me citó en un café de Caballito para hacerme una devolución. Me dijo que varios de mis cuentos eran juveniles, me tiró un par de nombres fuertes, de escritores que creían escribir para adultos y resulta que por su modo de abordar el lenguaje y los temas, eran para otro tipo de lectores. Mi acercamiento al género no fue muy consciente al principio, pero cuando me quité ciertos vicios, ciertas imposturas de una literatura "seria", "para grandes", me solté, comencé a encontrar una forma más auténtica. Al escribir para chicos, crecí como escritor. Me quité presiones de encima, y un buen día descubrí que estaba aprendiendo a contar historias. Yo no veo ninguna diferencia entre ambas literaturas, en algún momento escribiré algo y alguien me dirá: Ché, esto es para grandes. Pero tendrá la misma impronta.

 

 

AdA (G): Entre tus obras podemos encontrar novelas, cuentos y poesía. ¿Pensás que hay cierta continuidad entre ellas que definen un estilo particular de tu escritura? y si es así, ¿cuál es?

 

VACCARINI: No puedo responder lo del estilo, me parece que me hace falta recorrer un largo camino para ser consciente de algo así. Un estilo es también un límite y yo, por ahora, no tengo idea de límites, de lugares de llegada, en muchos sentidos recién empiezo, aunque en este momento hay diez libros míos en la calle. Sí te puedo decir que lo que más disfruto es la novela, por eso de saber lo que voy a hacer al sentarme, con que personajes me voy a encontrar. Con La noche del meteorito,  suspendí la escritura un par de meses, por un encargo editorial,  y cuando la retomé, todo siguió con fluidez.

La poesía está siempre, ya no escribo poesía en verso, pero va de contrabando en la prosa, muy disfrazada, muy compuesta. Durante años tuve la ilusión de llegar a cierto conocimiento a través de mis poemas y la verdad es que ya no lo creo. En todo caso, si un poeta expresa algún tipo de verdad, es sin querer, es como un ciego que acierta un tiro y ni se entera. Yo ahora quiero caminar con mis historias, andar liviano. Lo bueno de la novela es que su estructura puede contener a los otros géneros.

El cuento es breve, pero sufrido... Ponés en marcha una maquinaria inmensa para hacer un trayecto muy corto, el gasto es muy grande... por eso es el género más difícil para mí.

 

 

AdA (G): ¿Cuáles son tus escritores preferidos dentro de la literatura argentina?

 

VACCARINI: Te menciono los que más leí, el trío más mentado: Borges, Bioy Casares, Cortázar entre los muertos, y ya estoy agregando a Denevi, aunque no lo leí tanto. Entre los vivos, jamás me pierdo un libro de Abelardo Castillo y Hebe Uhart, son autores que sigo y que se manejan con sus tiempos, tienen un eje propio, nunca se apuran, carecen de ansiedad por editar y todo lo que hacen es superlativo. Leí y leo mucho a dos poetas:  Diana Bellesi y Jorge Leonidas Escudero. Y más acá, tengo un enjambre de autores más recientes que me interesan y que admiro. Una lista muy larga.

 

 

AdA (G): Dentro de las múltiples actividades que desarrollás se encuentra el interesante proyecto de la revista Mil Mamuts de la cual sos actualmente subdirector. Contanos un poco de qué se trata.

 

VACCARINI: Mil Mamuts es una revista de cuento, en papel, con un página en la red de la cual se pueden bajar algunas cosas. Publicamos autores vivos latinoamericanos con la idea de que los lectores argentinos sepamos más del resto de los países de la región, de Chile a México. Esta idea ya estaba cocinada, digamos, por Alejandro Larre y Salvador Biedma, ellos me invitaron a participar de las reuniones meses antes del primer número. Las reuniones eran fatales, duraban toda la noche y yo después me iba al laboratorio, arruinado... pero quería llenar mi vida de literatura, quería que todo fuera literatura, fue una mística necesaria, que me ayudó después para tomar la decisión de largar todo. Llevamos seis números y vamos a seguir adelante. El apoyo de los escritores es conmovedor: hemos publicado obras de autores consagrados, reconocidos y de autores inéditos, con una selección a conciencia, a veces fatigosa. También hacemos un dossier con quienes tienen una obra en plena ebullición, y cuyo talento ya los instaló en un lugar de privilegio, por caso, Eduardo Berti, Patricio Pron, Eduardo Muslip o Samanta Schweblin. Me hace feliz haber publicado un cuento de Sylvia Iparraguirre, pero aún más, de Pía Bouzas, autora del libro El mundo era un lugar maravilloso, por el placer de "descubrir" como lector a una autora que no conocía, muy joven. El plan es dejar una muestra de la producción regional en este momento, y estimular la curiosidad por saber que está haciendo hoy un dominicano, o un colega de Brasil o de Perú. Nos da orgullo hacer la revista. Por ejemplo, nosotros publicamos un cuento del peruano Santiago Roncagliolo, quien muy poquito después ganó el premio Alfaguara de novela, en España, con sólo 28 años.

 

 

AdA (G): ¿Cuáles son tus próximos planes?

 

VACCARINI: Estos días estoy ocupado con unos cuentos cortos, con mucho humor que saldrán como libro en el 2007; y luego, un relato largo ambientado en la Patagonia, que escribí hace mucho, y quiero revisar. Y luego... ahí está mi última novela, la primera versión. Cuando tengo una idea fuerte, escribo la primera versión muy rápido, pero después me doy todo el tiempo del mundo para reescribir.

 

 

AdA (G): Siempre tratamos de terminar las entrevistas pidiendo al escritor algún consejo, recomendación o experiencia personal en el mundo de la literatura que le pueda servir a aquellos escritores noveles que aún están en el tortuoso camino de la escritura y no encontraron su lugar. ¿Qué les dirías?

 

VACCARINI: A la larga, gana el que insiste, el que es flexible, el que acepta las buenas críticas. Salvo casos extraordinarios, el escritor se va haciendo de a poco. Hay que prepararse para un camino largo, ningún astronauta llega a la Luna a los veinte años, no están preparados para esa experiencia y hay cierta analogía con los escritores. Este es un oficio increíble y hay que estar a la altura del privilegio de poder ejercerlo. Hay que confiar, tener paciencia y a la vez mantenerse muy activo. Mucha lectura. No caer en el romanticismo del fracasado incomprendido, ni esperar a que alguien te "descubra" porque la vida te devora y de pronto te convertís en un viejo resentido. Es uno el que debe tomar la iniciativa. Sonrisa china, mucha paciencia, agradecer cada puerta cerrada porque es un impulso para apretar los dientes y mejorar, hasta encontrar las palabras que puedan abrir esa puerta. Casi todos los escritores de éxito se muestran arrogantes en las entrevistas, pero son muy humildes en privado. ¿Sabés por qué? Porque ellos saben que su mejor libro también fue, en su momento, un borrador impresentable que a fuerza de trabajo se convirtió en otra cosa.

 Por Germán Echeverría

 

 

  

 

  

 

 
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