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AMILCAR Y LOS SAPOS  

                                                      por Franco Vaccarini

 

La araña de cristal que coronaba el centro del salón comedor le confería al lugar un aire distinguido. Había mesas con manteles blancos, paneras vacías y floreros oscuros, el patio interno con baldosones amarillos, un hombre flaco sentado en la barra. Entré con ganas de salir, ensayando el modo de articular una conversación razonable y de contener toda efusión emocional al encontrarme con la señorita Raquel y mis compañeros de la primaria. Me resultaba fantástico que ellos fueran reales y no simulacros, personajes de un cuento de hadas corregido por la memoria: mi infancia en el campo.

Me sentía en forma, aunque algo abrumado.

Después de los abrazos, los gestos de sorpresa, las palmadas, comprobé que yo estaba actuando de un modo aceptable; como un actor que recordara una obra ensayada hace mucho tiempo, con uno que otro olvido de la letra, disimulado por improvisaciones inspiradas.

-Pensé que estarías más gordo - me dijeron varios.

Habían venido Nora Lavagnino, que ahora vive en Villa Crespo, en la Capital; el Cabezón Artuzo y Ramírez; Palacios, que era músico de bailantas; Cecilia y  Walter Falabella; Huguito Masciulli y Graciela -la hermana-; Mónica Poltrone; mi primo Adolfo; Angelita Alburúa y las mellizas huérfanas del portugués De Paula, que murió en el cruce de vías de Palemón Huergo, arrollado por un bruto y viejo tren pampeano. No había venido Amílcar. Amílcar Buru.

El maestro estaba igual que cuando nos llevaba en su Chevrolet azul a cazar liebres, los sábados, en la estancia Las Lidias. Con incredulidad, escuché que había cumplido los setenta. Y tan igual que entonces: el pelo negro y los dientes hacia adentro, barnizados de amarillo por la nicotina del tabaco, aunque ya no fumaba. Mantenía la voz pausada, ceremoniosa, apenas audible. A la derecha del maestro se ubicó Cecilia, la principal promotora del encuentro. ¡Lo bonita que había sido Cecilia! Me di cuenta al ver las fotos en blanco y negro que trajo para mostrarnos. Cecilia con una minifalda y el ombligo al aire, como la protagonista de la serie Los años felices. Por allí andaba yo, en el sube y baja: arriba el cielo y atrás un monte de eucaliptos. Cecilia  se casó a los dieciséis con un empleado de Molinos Chacabuco. También trajo fotos de sus tres hijos adolescentes: eran el colmo de la felicidad esos chicos, todo risas, bucles dorados, ojos claros. El mayor usaba barba candado, como los cantantes melódicos de moda.

El maestro conservaba la misma voz de entonces, cuando interrumpió el recreo para anunciarnos:

­-Ha muerto el presidente.

El negro Alvarez, que de tanto repetir de grado ya le crecía la barba, exclamó:

-¿Perón?

Por entonces la muerte era algo que sólo le pasaba a Perón y al padre del maestro. Nunca olvidaré el encargo que me hizo mamá en aquella ocasión. En cuanto lo veas, lo saludás y le decís.

Y en cuanto lo vi, lo saludé y le dije, con una incomodidad y una timidez insuperable:

-Le acompaño el sentimiento, maestro.

El maestro aceptó el acompañamiento con una mueca de tristeza, mirándome a los ojos: de hombre a insecto.

 

Cecilia había traído un álbum completo y yo miraba las fotos con avidez:

-¿Y esta quién es?

-Dominga.

-Dominga... ¡la renga!

De pronto, mi memoria se inundó de Dominga; de los pasos asimétricos de Dominga en el patio; de la piel oscura, el pelo atado; y las polleras de gitana pobre. Dominga, que no vino a la cena porque Cecilia se olvidó de invitarla. Era fácil olvidarse de Dominga, la renga, la invisible.

 

He allí reunidas la flor y nata de las promociones de la Escuela Número 39 Joaquín V. González, a mitad de camino entre Chacabuco y Chivilcoy, a una legua de Palemón Huergo, el pueblo de una sola calle y sin vereda de enfrente, porque enfrente están las vías del Ferrocarril Sarmiento y el Club Social con cancha de fútbol.

Todos habían perdido el acento algo brusco y contundente de la gente de campo. La mayoría vivía en Chacabuco y los pocos que no se habían mudado, tenían aspecto de estancieros, con sus camperas de cuero, los modales urbanos, las sonrisas llenas de confianza en los trigales y los campos de pastura. Me dio pena escuchar a Huguito repetir el latiguillo de un conductor televisivo. Antes se veía televisión cuando el viento soplaba a favor y no había interferencias; la televisión era algo maravilloso, una maravilla en blanco y negro que sólo raras veces se dejaba admirar.

*

La mamá de Huguito, en una fecha patria, mientras yo tomaba una taza de chocolate caliente, me dijo:

-Pero, nene... ¡Estás demasiado gordo!

Y yo sentí que lo que fuera estar así, tan demasiado gordo, era indecoroso. La opinión de los demás comenzó a importarme, y ya nada me pareció más devastador que la palabra gordo:

Inicié mi etapa estoica: comía y después hacía flexiones. Mamá fue al pueblo a comprarme pastillas Redoxón porque en dos meses había adelgazado seis kilos.

Un día, el maestro le preguntó a mamá, en voz baja -mientras yo lo miraba de reojo-, si estaba enfermo. Otro día vino a casa para hablar con los dos, con papá y mamá. Los almuerzos y las cenas eran un calvario de enojos y angustias: yo me negaba a comer algo más que dos bocados.

*

La señorita Raquel estaba igual, pero con el pelo gris. Delgada como una lámina de papel tisú, las mismas uñas largas y cuidadas que se le doblaban en el pizarrón porque la tiza era muy corta:

-¡Ay!

Ay decía cuando se le quebraba una de esas uñas largas y era el único gesto de fastidio que se permitía la señorita Raquel. Era buena hasta lo imposible, pero no con Amílcar.

Con Amílcar Buru nadie era bueno.

 

*

 

El primer día que fui a la escuela, mamá me llevó en el sulky, con la promesa de quedarse conmigo, toda la clase. La señorita me recibió con una sonrisa y un guardapolvo planchado hasta el milagro. Me presentó a los demás en voz alta, mientras mamá me dijo que se iba un rato afuera. A los dos minutos le pedí permiso a la señorita para ir al baño, salí hecho un ventarrón y comprobé que mamá se había ido. Comencé a llamarla, desaforado. La señorita vino a rescatarme y me convenció de volver al salón, pero con privilegios. Me puso un montón de lápices de colores en una mesa y me dejó dibujar un rato. Al final de la clase, ya era un alumno fanático. Amílcar no, él odiaba ir a la escuela.

Era el pato feo. Nada de cisne despistado, era un auténtico pato feo, con anteojos enormes, labios desconsolados, ojos húmedos,  gesto perplejo de náufrago de la vida. Su mala conducta era resultado de una torpeza sin límites. Las cuentas no le daban bien, y el abecedario le resultaba un jeroglífico; todo saber le suponía un misterio sin solución; la impotencia lo volvía tenso; lloraba, a veces empujaba, mordía, daba puntapiés.

Siempre se lo culpaba de alguna trapisonda. Un día, algunos chicos lo acusaron de meterse en la boca un chicle ya masticado, que estaba tirado al lado de la bomba de agua. Denunciarlo ante la maestra y esperar el castigo consecuente siempre generaba una expectativa mayúscula y era el deporte de algunos. La señorita Raquel recibía las denuncias con aplomo y muy pronto el escritorio estaba rodeado de testigos que confirmaban que Amílcar había infringido la ley. Quién sabe que correctivo habría que aplicar por masticar un chicle usado, con el agravante de que se encontraba en medio de un agua barrosa, al lado de la bomba.

La señorita nos reunió en la sala y le informó al acusado, disgustada: "Otra vez, querido, te portaste mal". Amílcar comenzó a llorar, sin dilaciones.

 La cosa prometía.

A su turno, todos los acusadores hablaron. La gota que rebasó el vaso fue mi testimonio. Yo lo había visto tomar el chicle.

Como Amílcar lloraba y pataleaba, la señorita mandó llamar al maestro para que lo dominara. El maestro era la encarnación de la solemnidad; un ángel justiciero que llegaba para poner orden en la sala, cuando alguna situación particular lo requería. Es decir, cuando Amílcar lo requería. Todos escuchamos la lenta pronunciación de la sentencia:

-Vamos, Amílcar. Llorando o sin llorar, vamos al pozo de los sapos.

Y con qué -porque todo hay que decirlo- acongojado placer, con qué dicha -que para algo éramos inocentes- oímos al reo gimotear, tirarse al piso, y ser llevado prácticamente arrastrado de la sala por el inmutable verdugo. Yo estaba entre que creía y no en el pozo de los sapos, porque jamás lo había visto

Mientras se alejaban, la señorita dijo:

-No, si Francisquito lo vio, entonces es cierto.

Ahí comprobé que mi testimonio había sido decisivo, tal vez el que definió que Amílcar fuera escarmentado de una vez y para siempre. Estoy casi seguro, aunque el tiempo pone una barrera de niebla en los hechos, que yo vi a Amílcar tomar el chicle usado.

Casi seguro.

Nunca más volvió a la escuela. Si alguien me explicó que había sido de él, si yo pedí explicaciones después, eso quedó en el olvido. 

 

En algún momento pregunté:

-¿Y Amílcar?

-¿Qué Amílcar? ¿Amílcar Buru?

Walter, que era la antítesis de Amílcar, entrador, travieso, feliz -y además el hermano de Cecilia, la chica más linda grado por grado de toda la escuela-, se hundió, como yo, en la imagen del pobre Amílcar Buru. Recordamos anécdotas, sus rabietas, sus fracasos. La canosa señorita Raquel se sumó a los recuerdos. Pensé en el pozo de los sapos y se me torció la boca. Era una sonrisa vieja, amarga, que volvía.

 

-En una época pedía limosnas en el banco- dijo alguien.

-Ahora es barrendero- informó otro.

-Bueno, por lo menos se sentirá útil, pobrecito- suspiró la señorita

Raquel, que unos segundos después me acariciaba un hombro y me decía "Francisquito, ay, Francisquito" con una sonrisa que atravesaba más de veinte años y era igual.

 

***

  

 

 

 

 

 

 

 
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