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EL SER QUERIDO
(DANIEL GUEBEL)
Impresiones de un natural nacionalista.
1
Conocí A Priscilla Plymouth Strangford en el crepúsculo de un invierno fugaz. Por entonces, disfrutaba la fama de ser alta, rubia y veleidosa. Los aspirantes a su favor nos mirábamos con el encono de mortales enemigos y formábamos sonrientes corros de papanatas imbuidos de confianza en lo apropiado de su futura elección. En esa multitud de pretendientes yo no constituía excepción afortunada. Lo cierto es que si me incluí entre los merodeadores fue por un exceso de imaginación: espiritualmente me transportaba desde los sitios más apartados (en los cuales prefería ocultarme para que no reparase en mi presencia) a un lugar de su ser tan íntimo que la mera figura retórica de escribir "mis ojos atisban por entre los tules el seno delicado que, leve, su corazón hace palpitar" me provocaba toda suerte de rubores y estremecimientos. Así, mientras en apariencia me sumergía en la contemplación de los textos piadosos que poblaban su biblioteca, en realidad estaba transpirando sudores pasionales. El día en que por primera vez reuní el valor suficiente como para hablarle, llevaba de regalo un alfajor santafesino cuyo único defecto era -sin duda- su conformación algo voluminosa para la boquezuela de mi amada. Fuerte lo apretaba entre mis manos para que éstas no revelaran, en su temblor, el ánimo con que afrontaba la prueba. Sabe Dios que no sabía yo el cúmulo de consecuencias que habría de desencadenar mi modesto objetivo: sencillamente quería achicar un poco las distancias y darle una pálida idea de mi personalidad, estado civil y fortuna, de modo que mis frecuentes visitas a su salón no se tuvieran por signo del rastacuerismo de un recién venido a los círculos de bon-vivants ingleses, sino por prueba de la seriedad de mis intenciones. Suponía que -de lograr la proximidad deseada- mi palabra audaz, porteña, elegante, la haría descubrir las ventajas de la oferta masculina local, razonablemente compendiadas en mi persona. Es que sus coterráneos sólo tenían el dudoso halo romántico de su condición de exiliados para oponer a mis virtudes. ¿Y podían considerarse argumentos de peso las razones de orden político que los llevaran a abandonar la cerveza caliente de los pubs londinenses para probar, con labios fruncidos por el asco, el viril brebaje verde que se bebe con bombilla Es posible que ellos lo creyesen, pero para Priscilla no debía de ser así. Hija única del embajador británico Lord Elsinor Plymouth Strangford, estaba acostumbrada a considerar las intrincadas madejas de la política de alto nivel con la misma ecuanimidad que aplicaba a los arabescos de su tejido. ¿Cómo iban a interesarle entonces las minúsculas diferencias entre whigs y tories? Insensible a esas cuestiones, paseaba su figura por las prendas de moda y arrojaba cada tanto una mirada lánguida sobre cosas y personas. Su mal disimulado aburrimiento fue lo que me alentó. ¿Qué iba a perder en el intento? Me acerqué, pues. Sosteniendo el riquísimo alfajor atravesé la jungla de rivales. Una vez frente a Priscilla me incliné (dándole oportunidad de olfatear la pomada de mis cabellos) y dije: -Es un presente sin valor, una pequeñez, una insignificancia. Le ruego que lo acepte como un homenaje del nativo a la hermosa extranjera. Y brindo además -exclamé elevando cual copa la golosina- por la amistad entre nuestros países. A mi propuesta siguió un silencio tan hondo que oí el destrozo de los segundos en mi reloj de cuarzo. -No, gracias. Me cae mal el dulce de leche -dijo al fin, mientras me daba la espalda.
Por más que rebusco en mi memoria no alcanzo a comprender cómo salí del vasto salón iluminado. Sé que me encontré abrazado a un farol, mirando hacia la mansión de Lord Elsinor, cuyos bow-windows ardían como un barco en llamas. A través de sus ventanales vigilé el movimiento de los afortunados que aún podían contemplarla: cortados en sesgo, evanescentes: cabezas que se sacudían en el aire mientras los cuerpos desaparecían por los laterales; muñones más que manos. Me alejé. No deseaba toparme con una Priscilla fragmentada.
2
La noche transcurrió en una sucesión de grotescas pesadillas (que los poetas denominan "yeguas de la noche"). En todas ellas, la única protagonista era mi amada. Omito consignar las formas en las que prefería mostrarse. Basta con saber que en ningún momento su actitud se rebajó al recato; que en ningún momento apareció vestida. A sus espaldas había una luna amarilla cruzada por una garra de pájaro. A veces hacía ademán de entregarme sus blancas y dulces nalgas: pero al voltear el cuerpo tres serpientes salían de su costado y se iban sumiendo en una medusa de largas crines que gemía entre sus pechos. Priscilla asomaba su cabeza de espanto entre las piernas, y cuando iba hablar... entonces vomitaba una corona de muerto. Logré arrancarme de los fueros de Morfeo. Los rayos de un sol impiadoso se clavaban en todos los rincones de mi habitación exaltando el polvo hasta convertirlo en brasa celestial. Parpadeé para precisar la imagen, y descubrí que estaba viviendo el despertar de un sueño en otro sueño. Me pellizqué: los visos de realidad me aterraron: bien podía haber caído en las marañas de una nueva pesadilla. Un abismo concéntrico que me llevaría a caer dando tumbos por los infiernos. Si así era, ya nada importaba y todo lo posible me estaba permitido. Me dirigí al cuarto de baño: saqué, hice, me alivié: el sueño opera por síntesis y elusión, descarta la minucia reiterada. Mientras lavaba las manos sentí que el vértigo especular se desvanecía y yo iba aferrándome a los bordes del mundo. Sin embargo, al ir a calzarme las botas de potro descubrí que a un costado de la cama florecía la corona de muerto que había visitado mi noche. Resto diurno.
(...)
de "El ser querido", publicado por Sudamericana en 1992. © 1992
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