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Josefina Infante tiene 20 años, estudia Letras en la UBA (Universidad de Buenos Aires) y periodismo en TEA.
Se imaginó ciega
Noviembre 2004
Se imaginó ciega. Podía oler y tocar todo, pero no sabía cómo era el cielo ni lo que era un color. Cuando soñaba no había nada, sólo voces y certeza. Sabía que el hombre estaba ahí, pero nunca había visto sus manos blancas. Sabía que él la miraba con ganas de abrazarla muchas veces, pero nunca había visto sus lágrimas. Sabía que sentía pena por ella aunque jamás se lo había confesado. Ella también sentía pena. Lloraba por las noches por no haber conocido su cara, odiaba tener que contentarse con su contorno y el calor de su piel.
El le contaba cómo eran los pájaros, qué significaban las nubes y cómo duelen los ojos al mirar al sol. No sabía que a ella también le dolían. El no sabía muchas cosas. No sabía lo que era vivir en las tinieblas y saberse allí encerrada. No sabía que a todos nos espera lo mismo.
Perdiendo el sentido
Se imaginó libro.
Su piel de cuero y sus piernas de papel, por fin delgadas. Sin embargo, se sentía pesada. Todo el tiempo. Caminaba arrastrándose, llevando con ella a cuestas un mar de palabras que se mezclaban con cada sacudida de su cuerpo. Lo que antes decían ya había cambiado. Las íes habían suplantado a las erres, y donde había un punto ahora sólo existía el vacío. Era un caos. Debía quedarse quieta, de lo contrario las palabras se seguirían entremezclando, cada vez más, hasta volverse tan absurdas que desaparecerían. Se sentó por fin debajo de un árbol. Se abrió y comenzó a leer. A leerse.
Sí. Realmente todo había perdido su sentido.
"Buscándolo"
(fragmento de una novela)
Tomados de la mano contemplaban absortos el cuadro, desmenuzándolo con sus miradas de falsos críticos. Ella veía un rostro angustiado, una imagen empapada de pasión y sentimientos desgarradores. Para él, simplemente un lienzo manchado con descarado descuido.
Ella sabía de alguna forma que el amor era hablar un mismo lenguaje, y todavía no lo había sentido así. Sabía que con él jamás podría.
Difícil fue apartarse, soltarse las manos y caminar con la mirada baja, mientras el aire frío de la avenida la despertaba a la fuerza y enredaba su pelo castaño. Caminaban a la par, sin prisa y sin hablar. Ella esquivaba obsesivamente las baldosas negras sin darse cuenta de que ese comportamiento ya se había automatizado hacía tiempo. El daba pasos largos y aburridos, indiferente a todo.
La biblioteca ensordecía con un silencio punzante. El trazo discreto del lápiz sobre las hojas podía percibirse con claridad y hasta el más tenue carraspeo era condenado con despiadadas miradas de desaprobación. La mujer encargada del guardarropas era increíblemente obesa.
Al cruzar la primera puerta de vidrio que conducía al mostrador, Jorgelina pudo observar con más detenimiento lo grotesco de sus movimientos mientras le alcanzaba su mochila casi vacía.
-Sólo quiero leer este libro- le dijo tímidamente, mientras escondía en su bolsillo un alfajor.
La empleada le dio su respectivo número y volvió a sumergirse en su nicho de bolsos y carteras coloridas mientras protestaba por lo bajo y rozaba con sus caderas los estantes.
La sala estaba repleta de mesas redondas donde los libros se ensimismaban sin cuidado y algunos paquetes de galletitas a punto de terminarse contribuían al desorden dispersando sus migas. Los estudiantes absortos en sus lecturas invitaban al rigor del estudio prolongado e intenso, sin distracciones. Otros, más distendidos, miraban con disimulo a su alrededor intentando escapar de la complejidad de algún párrafo interminable o simplemente buscando una mirada que apaciguara su soledad momentánea.
Ella entró casi intentando suspenderse, temerosa de perturbar con sus pasos esa quietud tan bien lograda. Arrastró sus pies hasta la mesa más cercana y deslizó su cuerpo entre ésta y una silla aparentemente cómoda para entonces dejarse caer. Algunos la miraban. ¡Osada mujer inquieta, atrevida dinámica con la que intentas seducir al apaciguamiento!. ¿De qué pecaba? ¿Acaso su respiración había sido demasiado fuerte? ¿Acaso el crujir de las maderas bajo sus pies había despertado al monstruo devorador de libros? Hubiera gritado sólo para demostrarles de qué era capaz y consumir la tensión abrumadora que empezaba a ahogarla.
Sin embargo, supo ignorarlo todo y refugiarse en sus pensamientos mientras encendía desafiante un cigarrillo. Le dolió ver enseguida el cartel que legitimaba esa conducta y anulaba toda posibilidad de trasgresión. -Sólo en una facultad como ésta pueden poner carteles que garanticen la posibilidad de fumar- pensó con una indignación que no le correspondía.
Y así, enredada en una mezcla de sensaciones de fastidio e irritación, abrió su deteriorado cuaderno y se dispuso a escribir con una birome que se rehusaba a colaborar. La odió. Odió su inutilidad inoportuna y entonces odió su forma y su color descaradamente azul. Odió los rastros sin tinta que dejó sobre el papel raspado y pensó en todas las palabras que no pudieron ser plasmadas. Odió también a esas palabras que aún retenía y que no se dignaban a dejarla en paz. Y también se odió a sí misma por no tener el valor de echarlas a patadas.
Propongo una alabanza a las calles en septiembre cuando el frío de noche tiene vestigios del sol y se hace más soportable. Propongo también un brindis por los perros que saludan con su cola indiferentes mientras escapan de las manos opresivas de quienes dicen ser sus dueños. Ah! Y pesaríame olvidarme de las palabras, para quienes no guardo secretos.
Sentada junto a la ventana podía ver la plaza entera, toda verde, llena de gritos y de sol. El encierro no había sido la mejor opción para un día que incitaba a caminar sin rumbo y adivinar blancas formas insospechadas en las nubes. Ahí en el bar se estaba mejor. Al menos podía ser testigo del mundo a través del vidrio y pensar en voz alta sin sentirse por ello culpable de perturbar al hombre que en la mesa contigua devoraba una hamburguesa grasosa.
Creía que el paisaje sería inspirador, pero la musa parecía no llegar nunca y su tiempo se consumía lentamente. Debía escribir esas páginas para la tarde y aún no había conseguido terminar el argumento del relato. Era increíblemente difícil idear una solución al conflicto que había planteado entre los amantes, donde cualquier tipo de reconciliación le hubiera restado verosimilitud a esa historia marcada por el odio y la venganza. Desde luego, Jorgelina no pretendía someter su prestigio de futura escritora a los deseos de dos seres inexistentes, mas el ambiente sombrío a través del cual había arrastrado a su prosa comenzaba a perturbarle. ¿Qué motivos existían para alejarla de las tramas alegres y signadas por el siempre anhelado amor que todo lector aprecia? ¿Sería todo efecto de sus propias circunstancias?
De repente lo vio. Movía sus manos violentamente mientras intentaba hacerle entender al mozo que el café que había pedido no era irlandés sino capuchino. Sus ojos desprendían chispas y su pelo era increíblemente negro. Jorgelina pudo ver sus muñecas finas escapándose por el borde de su camisa a cuadros y unos dedos de pianista largos como los suyos. Su nariz no le gustó, era demasiado pequeña y desproporcionada frente a la grandeza de su rostro. Sin embargo, todo era difuso al lado de sus ojos. Pero no era el color lo que importaba, ella no se percató del verde; sólo sintió la vivacidad de un espíritu inquieto que se dejaba ver a través de ellos. Estaba vivo, tan vivo como quien sabe lo mucho que tiene para dar. Tan vivo como ella.
El nombre era fundamental, debía averiguarlo y comprobar si realmente se ajustaba a la imagen que conservaba de él fijada en su retina. No podía ser un nombre cualquiera, no podía llamarse Jorge como su padre ni tampoco Esteban, como su hermano. Merecía un nombre preciso, el mismo que el paisano le da al caballo después de haberlo mirado a los ojos y apreciado su pelaje.
Ella creía que debía llamarse Oliverio, como el poeta.
El lunes se levantó con frío, había dejado la ventana un poco abierta y el viento astuto había logrado escurrirse y regocijarse en el endeble calor de su habitación, casi burlesco. Es sabido que el invierno, vil aliado de estas ventiscas impertinentes, no perdona errores como éste y los hace pagar con interminables resfríos que ni el jugo de cien naranjas es capaz de aplacar. Por eso se aseguró de enroscar sobre su cuello la gruesísima bufanda de colores que ella misma había tejido antes de salir a la calle a tomarse el mismo colectivo que todas las mañanas la acercaba displicentemente a la facultad.
Se sentó atrás de todo, siempre junto a la ventana. El frío seguía atormentándola desde el vidrio empañado y amenazaba con invadirlo todo. Ella se acomodó en el refugio del asiento y sacó de su bolso un libro, lo único que podía ayudarla a distraerse del clima.
El señalador se había perdido, pero creía recordar bien la página.
Ella se vuelve a colocar la seda negra en el rostro. El no sabe nada más, ni del rostro ni de la mirada. Ella llora a ligeros golpes. Dice: no es nada, es la emoción. Primero él duda de la palabra, pregunta: ¿La emoción? Luego dice para pronunciarla con sus propios labios sin interrogación alguna, sin objeto: La emoción.
Jorgelina odiaba esa emoción que los personajes de Duras mascullaban entre ellos y sólo para ellos, indiferentes desconocedores de la mirada externa que sabía cada uno de sus movimientos y ardía en deseos de participar de algo así. Pero era demasiado temprano para odiar, así que prefirió cerrar el libro y dejarse adormecer por el vaivén del vehículo.
Por primera vez soñó mientras viajaba en colectivo. Fue algo efímero y difuso, pero cuya esencia atravesó los límites de la ensoñación y permaneció latente en su vigilia, impuesta de golpe y desconsideradamente por un ensordecedor bocinazo. Se despertó aturdida en la parada anterior a la suya. Apresurada y algo dormida se levantó de su asiento y alcanzó la puerta de bajada.
Del sueño sólo recordaba unas manos hermosas.
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