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PROLOGO

por Nicolás Manservigi

Se levantó muy temprano aturdido por los niños que gritaban en sus sueños. Él no entendía nada, pero de algo estaba seguro, a partir de ese día nada iba a volver a tener el sentido del pasado. La noche anterior se había acostado muy tarde, cansado tras haber caminado todo el día por el campo de sus abuelos. Durmió hasta que el canto del gallo lo despertó. Había tenido un sueño muy extraño: Un señor de sombrero gris le decía en voz baja "Oye pequeño muchacho, tú sabes que eres portador de muchas cosas. Levántate y ve hacia otras tierras. Levántate y hazle frente a las contingencias de la vida. El futuro está donde tú quieras no dónde te digan".

Estaba abrumado, confundido y temeroso. Nunca antes le había sucedido algo así. Todas las personas sueñan - se decía a sí mismo- pero ese sueño era diferente porque era real. El mensaje hacía eco en sus pensamientos y ocupaba cada rincón de su cabeza. Había niños gritando fuertemente "El futuro está donde tú quieras no dónde te digan", gritaban y bailaban alrededor del sombrero gris. Las imágenes eran tan inevitables que decidió reprimirlas. Su evasión no duró muchos días. No se podía escapar al destino. Se levantaba y cada día tenía menos voluntad para hacer las cosas. Sentía la necesidad de irse, de marcharse hacia tierras vecinas de la bella Italia. No sabía qué hacer con el mensaje, no podía olvidar al señor de sus sueños, pero tampoco podía permanecer inmóvil ante semejante señal.

Pensó en su infancia, en su campo y sus animales. Recordaba a su padre, sus abuelos, su hermana. Madre no tenía, pero recordaba su abandono. Él se dedicó a juntar todas aquellas cosas en su memoria y se dispuso a guardarlas. También buscó su mochila, algo de ropa, se despidió de su gente y se marchó portando en sí mismo un puñado de miedos y sueños.

Así se marchaba el portador en busca de aquellas verdades y sentimientos haciéndole caso al mensaje de sus sueños. Ya no había vuelta atrás porque cuando un buscador decide ir en conquista de nuevas glorias no existe el camino de retorno, porque él sabía que las batallas más arduas se peleaban en los rincones del alma.

("Prólogo" de El Portador)

 

 

 

 

 

 

 

 
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