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PIEDRAS ABAJO *

(MARIO CAPASSO)

 

Cae la llovizna y el hombre, que ya ni repara en ella, apostado en la terraza, con el cuerpo levemente inclinado hacia la derecha, apunta con su arma a uno de los que, abajo, en la calle, no se queda quieto ni un momento y coloca una piedra tras otra. Si al menos se detuviera un instante, si cualquiera de ellos se detuviera un instante, se ilusiona el hombre del arma, que sacude la cabeza para desprenderse de las gotas y que enseguida se pregunta si �l entonces tendr�a el valor o la suerte de disparar. �Y si tuviera alguna de esas cosas? �Y si adem�s acertara con el tiro justo y derribara a alguno? �Qu� pasar�a entonces? �Qu� har�an los otros? Los otros, s�, los que no ha podido contar de tan iguales y construyen ese empedrado bajo la llovizna que no cesa y el cielo que nunca aclara. Confusamente reconoce no saberlo, el hombre del arma apunta y no acierta con las respuestas, y tampoco sabe, o no lo recuerda ahora, cuando fue que empez� todo, y todo es ese presente en el que los de "la cuadrilla", como �l llama al grupo, van colocando una piedra y luego otra y otra m�s y sin embargo la construcci�n parece no avanzar, como si cada piedra reemplazara a una anterior y as�. Y as�. Entonces el hombre en la terraza, que ha pensado todas estas cosas, que ha dejado de apuntar, que ha colocado el arma en el piso, apoyada contra la pared, repite el gesto de sacudir la cabeza, trata de fijar la vista, intenta concentrar su atenci�n y comprender los movimientos de los que est�n abajo, en la calle, y una vez m�s no lo logra. Tiene al menos una certeza, y eso lo tranquiliza un poco,  los de "la cuadrilla", como �l los llama, jam�s elevar�n la vista para mirarlo, la experiencia de esas jornadas se lo ha ense�ado, porque ellos permanecen serios, indiferentes, lo ignoran o quiz�s simulan ignorarlo, y eso que alguna vez les ha gritado, si hasta los insult� aquella tarde, pero ellos siguieron y siguen reconcentrados en su trabajo diurno. Diurno s�, porque durante las noches. Las noches ah� abajo son otra cosa, pero, se dice, mejor no pensar ahora en lo que ser� la noche, no justo ahora que la hija ha subido y le ha tra�do una taza con caf� o algo que deber�a parecerse, la hija no debe ni siquiera sospechar lo que son las noches all� abajo. Abajo, el insoportable abajo de las noches, cuando la oscuridad es casi total, apenas casi, porque la luz de la luna, aun con las nubes, le permite entrever lo que pasa en la calle y, pero basta ya de pensar en eso, que la hija le est� preguntando algo y �l en lugar de contestar le pregunta si ha dormido bien, y tambi�n si ha estudiado, y la hija se encoge de hombros y dice para qu�, y que mam� ha dicho que le diga matalos, decile a tu pap� que los mate, que los mate a todos, que hoy, que eso ha ordenado su madre, y el que hoy vuelve a sonar, implacable, definitivo. Entonces el hombre expulsa un suspiro, mira hacia las otras terrazas, y se da cuenta o acaso apenas intuye que ya no habr� un disparo que lo absuelva, que ya los otros han dejado de apuntar a los de "la cuadrilla", como �l los llama, o tal vez quede todav�a alguno en alg�n lugar que �l no alcanza a observar, eso podr�a ser, se esperanza, eso podr�a ser, se repite, y as� quiz�s podr�a surgir de alguna otra parte el fogonazo salvador, el movimiento que pusiera en juego una ficha nueva en ese tablero en el que los de abajo ponen piedras en la calle y los de arriba vigilan y apuntan y no hacen fuego y esperan, eso si es que queda alguno, alguno como �l, que no se va a dar por vencido, y cuando se da vuelta y quiere decirle algo la hija se ha marchado y la llovizna sigue, entonces agarra la taza y bebe el caf�, que se ha enfriado,  cada gota se ha enfriado en ese invierno que parece no ir� a terminar jam�s, y el ruido de las piedras abajo sigue. De un trago, o dos, no m�s, el hombre ha bebido y ya est� de nuevo apuntando, o m�s bien tratando de apuntar a la cabeza de alguno que, hijo de puta, no se queda quieto ni un instante, ni uno, y coloca una piedra y luego otra y �l lo tiene en la mira y tal vez un solo tiro bastar�a y as� las horas pasan y pasan, como piedras.

Ahora es el mediod�a, deduce el hombre en la terraza, abajo nada ha cambiado pero ha subido su mujer y le ha tra�do algo para que coma, es lo que hay, le ha dicho o es lo que �l ha cre�do o�r. La mujer se ha quedado algo alejada, no se asoma a la calle y lo mira, y cuando �l mueve los labios ella le dice matalos, qu� esper�s para matarlos, no ves acaso lo que va a pasar si vos no los mat�s, y cuando el hombre escucha las palabras, antes de que las palabras se terminen, deja de apuntar y apoya el arma a su derecha, contra la pared, y comienza a dejar que el pan se moje en su mano, el pan que le han tra�do, uno s�lo hoy, apenas uno y tan breve, aunque no pregunta nada, y el pan se moja en la lluvia que no cesa, y el hombre le dice a la mujer por qu� no me trajiste ropa seca, y la mujer se da media vuelta y se aleja, y ya casi desaparece pero antes le dice te dije que los mataras, y escupe con violencia y dice yo te lo dije y se va. La mujer ya no est� y el hombre mira la terraza vac�a y casi no la reconoce, tal vez por la bruma que crea la llovizna y que desdibuja todas las cosas. Luego come, despacio, el pan entra mojado en el cuerpo mojado. El cielo sigue igual y la llovizna sigue igual. El hombre termina de masticar sin apuro ese pan que le han tra�do y ahora le duelen las piernas, por momentos el dolor se le mezcla con el recuerdo del dolor, tal vez el de hace un rato cuando a�n no se hab�a dado cuenta que las piernas le dol�an, o quiz�s el de hace unos a�os, cuando los dolores todav�a no se le mezclaban. Trata de olvidar el dolor y se asoma y all� est�n, las piedras, los hombres y las piedras infinitas, y uno de los hombres se est� secando la frente con un trapo, guarda el trapo en el bolsillo y parece que va a mirarlo a �l, pero no, se da vuelta apenas un poco y habla con el que est� al lado, y el que est� al lado sonr�e, asiente con la cabeza y no dice nada y se agacha y coloca una piedra, otra piedra.

Es noche ahora y la llovizna sigue. Las piedras est�n quietas. Las mujeres han llegado y los hombres de "la cuadrilla", como �l los llama, comienzan a meterse en ellas, que van pasando de mano en mano, una tras otra, y las mujeres se dejan caer una tras otra, hasta el ruido de la noche es similar a aquel que se escucha durante los d�as, un ruido seco y duro, y �l, all� arriba, empapado en lluvia y sudor, sin descanso posible mientras espera que su mujer o su hija le alcancen algo para comer por favor, y alguna ropa seca. Fuerza la vista y ni siquiera alcanza a distinguir aunque sea una de las caras de las mujeres, que cada vez parecen ser m�s y m�s, es as�, como si cada noche alguna se sumara, o m�s de una, las caras se le borronean en la neblina mientras �l se sigue mojando arriba y ya hace rato que no apunta, no apunta y oye las risas de los de abajo, que parecen esta noche renovarse y festejar algo, como si a la fiesta hubiera llegado el �ltimo invitado. El que permanece arriba sufre con las risas de los hombres que no dejan de moverse y de penetrar en las mujeres y no lo miran nunca.

Ha sido una noche terrible, piensa el hombre, quiz�s la peor que le ha tocado presenciar, pero en alg�n impreciso momento advierte que ha terminado, un leve cambio en la luz del amanecer, o tal vez la se�al sea el hecho de que las mujeres ya no est�n en la calle y est�n las piedras, lo que para el de arriba es casi lo mismo, salvo por las �ltimas risas y el jadear de los hombres, porque el ruido es siempre igual, un ruido seco y duro, de piedras o de mujeres que se van incrustando, y las piedras se acumulan y sin embargo no hay un avance visible. Y entonces, aunque llueve igual que los otros d�as y el cielo sigue tan oscuro como siempre y las horas han pasado tan iguales, el hombre se da cuenta de que algo ha cambiado, la hija no ha subido, y no hay caf� esa ma�ana y hay m�s viento, un viento arremolinado que lo hace tiritar. Tendr�a que disparar, ahora, �qu� puede pasar?, o a lo mejor convendr�a esperar, �qu� podr�a pasar?, con un solo tiro la pesadilla habr� terminado, se dice, pero no dispara, no dispara y el d�a transcurre con los minutos cada vez m�s pesados, y nadie le ha tra�do ni comida ni ropa seca, y que no importa, se dice el hombre, no importan ni el fr�o ni el hambre ni el cansancio, ya nada tiene la menor importancia, se dice, �l no se va a dar por vencido, jam�s, y apenas alguno se quede quieto apretar� el gatillo, se dice. Est�n atrapados, se dice.              

 

 

 

* El siguiente cuento forma parte del libro Piedras heridas, editado en 2005 por la editorial Corregidor.

 

  

 

 

 
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