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Carl Stanley (seudónimo) nacido en Rosario, hace cincuenta y dos años, amante del río Paraná y de las novelas de aventuras. Pasó su infancia entre el bullicio del centro y las islas frente a la ciudad donde su padre tenía una cabaña a un par de cientos de metros del viejo faro de Rosario, (hoy desaparecido), su afición por la literatura novelesca lo impulsó a escribir sus dos primeras novelas "En la ruta del sol" y "Kram".  

 

El árbol del ahorcado

Siempre tuve una actitud incrédula y desdeñosa en lo que a mitos y leyendas refiere, estuviesen o no basadas en hechos reales, y  un escepticismo con respecto a todo los hechos que no pudieren explicarse mediante la lógica o la ciencia.

           A veces, en medio historias fantásticas contadas en círculo de amigos, y que quien no ha participado alguna vez, mis sarcásticos y burlones comentarios sobre el relato, sacaban de contexto a historia y a narrador; haciéndole perder toda magia y encanto que se supone tienen aquellas.

          Tenía treinta años por aquel entonces, un título de ingeniero, y próximo a contraer matrimonio con Roseane; cuando ambos fuimos de visita a una hermosa granja campestre, siendo ésta, una valiosa propiedad de los padres de mi prometida. Por supuesto en aquella ocasión, vinieron con nosotros mis progenitores, y a lo que sería una reunión de familia previa a la boda, y para ultimar los detalles de aquel inminente y feliz evento.

De esa forma, nos trasladamos los cuatro en mi flamante automóvil; desde la gran ciudad hasta aquel punto situado en medio del campo, y cerca de una pequeña localidad llamada Riverside.

Despreocupados y felices, estábamos dispuestos a pasar dos o tres de días en estrecho contacto con la naturaleza, en un lugar tranquilo y bastante apartado del mundano bullicio.

Al siguiente día de haber llegado, y muy temprano por la mañana, antes que todos se levantaran del lecho; decidí salir a dar un paseo por aquel verde paraje. Escogí un viejo y estrecho camino de tierra; y emprendí mi marcha sin prisa; mientras el fresco y puro aire del campo llenaba mis pulmones.

        Habiendo transcurrido más o menos media hora desde que había partido desde la casa; fue cuando decidí detenerme a descansar un poco. A un costado del camino, y bajo un raro y enorme árbol seco, decidí tomar asiento a contemplar el paisaje.

        No habrían transcurrido ni siquiera dos minutos, cuando un rubio mozalbete montado en un corcel gris se me acercó de repente.

        -- Buen día Mister..... - dijo muy amablemente con una amplia sonrisa y quitándose el sombrero para mostrar su cortesía.

        -- Muy buenos días joven.- le contesté prestamente retribuyendo el saludo.

        De pronto aquel joven, se puso serio y me dijo:

        -- Yo que usted Mister...no me sentaría bajo ese árbol...

        Reí con ganas y enseguida le respondí:

        -- No veo por que no debo, no es propiedad privada, ni de hormigueros se debe tratar el tema, pues de ello me he cerciorado antes, y para serte franco.... lo demás poco me importa, no me interesa si detrás de esa advertencia hay alguna historia de fantasmas. 

        El joven levantó los hombros y dijo:

       -- Allá usted si eso desea Mister.... - terminó diciendo, y meneando la cabeza, con su caballo se alejó a paso lento.

       Enseguida presentí que con alguna patraña campestre aquella advertencia se relacionaba, y olvidando de inmediato aquella absurda sugerencia, al rato estaba yo profundamente dormido.

       En algún momento más tarde, me desperté de improviso. Estiré mis brazos y mis piernas en toda su longitud, y aspiré profundo aquel aire del campo.

       -- ¡Ahhh!... el aire puro. - exclamé muy complacido.

      De pronto observé asombrado, que el paisaje que antes tenía frente a mí había desaparecido; en lugar de tupidas arboledas había una planicie verde y una casita cercana. Con un corral a su lado y donde animales diversos de granja se hallaban encerrados.

      Miré en derredor asustado, y descubrí que el entorno había cambiado totalmente; tanto era así, que hasta el árbol bajo el cual yo me hallaba sentado, más pequeño, estaba pleno de verdes hojas y largas ramas.

      Restregué mis ojos con fuerza, pues no daba crédito a lo que ellos veían, como si una simple ilusión óptica se estuviera burlando de mi. Pero la inutilidad de hacerlo comprobé enseguida, pues el mismo paisaje  yo seguía viendo aún.

     De repente pegué un salto, quedando sobre mis pies parado y al observar que también, mi ropa había cambiado totalmente. Mi jean había desaparecido, ocupando su lugar, un corto pantaloncito color marrón y ajustado, que llegaba hasta un poco más abajo de mis rodillas, y allí en sus extremos ceñido estaba.

     Una camisa color blanca y de mangas largas, con volado en los puños, y sobre ella un chaleco color té completaban mi atuendo.

      No salía de mi asombro cuando observé alelado y para completar aquella vestimenta que de carnaval parecía, que en mis pies tenía calzadas un par de botas de caña mediana.

      ¡Ay de mí!

     ¿De que absurda broma estaba siendo víctima? ¿Que disparate era este?

     Por un momento pensé que estaba soñando, y tremendo pellizco me apliqué que hizo que chillara de dolor.

      Pero no, no estaba soñando.

     Por fin, me largué a reír, y al suponer que todo se trataba de algún tipo de broma que me habían jugado mi prometida Roseane, en complicidad con mis padres y mis suegros.      Seguramente me habían colocado aquella indumentaria ridícula del siglo dieciocho, y luego me habían llevado hasta aquel lugar, bien diferente al sitio en que yo estaba durmiendo.

     Pero algo no encajaba en mi mente...¿Cómo habían logrado cambiar mi ropa sin que yo despertase? ¿Y como me trasladaron sin que ni un ojo abriera?

     Lo único que cabía dentro de mi lógica, era que previamente me hubiesen suministrado algún somnífero. Pero aquello también era imposible, pues en el momento de partir de la casa se hallaban todos durmiendo.

     Volví a sentarme bajo aquel árbol con la mente tan confusa que miraba para todos lados sin entender absolutamente nada. Todo lo que había visto al despertar, permanecía en su sitio y sin cambiar nada en lo absoluto. Percibí incluso el mugido de una vaca negra y blanca, y el cloquear de las gallinas que provenían desde el corral junto a la pequeña casita.

     En un momento dado, una rubia muchacha apareció desde el interior de la casa, con un gran canasto cargado de ropa en sus brazos, y que más tarde comenzó a tender al sol de la mañana en una fina cuerda atada entre dos estacas. Me puse de pié de inmediato para dirigirme hacia allí, pues pensé que cabía la posibilidad de que me aclarase las ideas sobre aquel lugar en donde yo me encontraba. 

    Aún sin saber todavía muy bien lo que iba a preguntarle, y cuando casi estaba junto a ella; la joven al advertir mi presencia, y con una amplia sonrisa, se abalanzó sobre mí para estrecharme en un fuerte abrazo.

    -- ¡Oh, Jack mi amor!....¿Dónde estabas?...Ven adentro que está listo el desayuno.

   Estupefacto, me quedé mirándola fijamente a sus hermosos ojos azules. Se trataba de una hermosa joven de rasgos finos. Vestía una larga falda celeste que casi llegaba hasta el suelo; ajustada en su cintura pero muy amplia en la parte baja, y una blusa color rosa de largas mangas, que con adornos y bordados cubría su torso.

   Prácticamente me arrastró tomándome de una mano, al interior de aquella cabaña; para luego hacerme tomar asiento junto a una rústica mesa de madera de pino claro.

   No sabía que decir en aquel momento, ni que actitud tomar respecto a aquella situación sumamente extraña que estaba viviendo; mi mente estaba en blanco, tal vez  atorada por inexplicables sucesos que me ocurrían todos de improviso.

    La muchacha hablaba, pero yo me hallaba tan, pero tan confundido, que no prestaba la más mínima atención a lo que ella decía, y su voz, sólo sonaba para mis oídos como un murmullo de fondo.

    Por fin plantó ante mí, y sobre la mesa, un gran tazón con  té y leche junto con media hogaza de pan de maíz.

    Entonces la miré fijo por un instante, y ella tal vez percibió la angustia que mis ojos expresaban; por lo que preguntó enseguida y poniéndose seria:

    -- ¿Qué te ocurre Jack?.... estás extraño esta mañana...

    Entonces me animé y le dije:

   -- Mi nombre no es Jack, mi nombre es Richard....Richard J. Stevens....y no sé donde me encuentro, ni que hago aquí....ni quien eres tú. 

   Luego tomé el tazón y bebí un sorbo de aquel té con leche.

   Se puso muy seria y frunció el ceño. Estuvo así un minuto pero luego sonriendo dijo:

    -- ¡Vamos Jack...déjate de hacer bromas!

    -- Mira....te estoy hablando en serio. Mi nombre es Richard Javier Stevens y.....y...¡No se que como diablos llegué aquí! Pero te advierto que si esto es una mala broma de Roseane...ya ha ido demasiado lejos.... 

   Sorbí un poco más de aquel tazón. Ella ahora me miraba sumamente extrañada y luego de pensar un poco dijo:

    -- Jack...¿Te has dado tal vez algún golpe en la cabeza?

    -- No, no me he golpeado, ni tropezado, ni caído....ni....¿Cuál dices que es mi nombre?

    -- Jack, Jack Wilson.. ¿acaso no sabes tu propio nombre?

    -- ¡Aja!...conque Jack Wilson eh ......¿Y quien demonios se supone que es Jack Wilson? ¿Tu esposo?

   -- ¡Por supuesto que eres mi esposo! - respondió con vehemencia, y rápidamente dio media vuelta y desapareció por una puerta.

    No tardó un minuto en regresar con un chiquillo de dos años cargado en sus brazos, y que trataba de despabilarse, pues aparentemente se hallaba durmiendo hasta hacía un instante.

    -- ¡ Y éste es nuestro hijo Robert ! ¡¿O me dirás ahora que tampoco sabes quien es él?!

   Advertí que aquella hermosa muchacha se había puesto sumamente nerviosa, y pronto comprendí, que de ninguna broma se trataba. La joven tenía llorosos sus hermosos ojos azules, pues vaya a saber que cosas pasarían por su mente. Intentando calmarla dije:

   -- Lleva al niño a su cama para que descanse un poco más....es temprano todavía.

   Luego de hacer caso a lo que yo le había dicho, regresó y se sentó delante mio.

   -- ¿Es que ya no me amas y quieres marcharte? - preguntó mientras por sus mejillas rodaban lágrimas y tomó mis manos entre las suyas.

   -- ¿Me escucharás si te cuento? - dije enseguida.

   Conté lo que me había ocurrido, además de quien era yo, o tal vez en ese momento quien creía ser.

   Cuando terminé mi extenso relato, estaba tan confundida como yo, y no sólo eso, pensaba que había perdido la razón al golpear mi cabeza en alguna parte. Por lo que enseguida se puso de pié y colocándose a mi lado, comenzó a revisar mi cuero cabelludo.

   Yo permití que lo hiciera, pues no había nada malo en ello y además serviría para aclarar un tanto las cosas. Luego volvió a sentarse frente a mí y preguntó:

    -- ¿Re...recuerdas mi nombre?

   -- No. No sé como te llamas. - respondí con sinceridad.

   -- Mi nombre es Mary y tengo veintitres años y nuestro hijo se llama Robert y tiene dos...y...y...

   No pudo continuar y rompió en desconsolado llanto. Entonces tomé una de sus manos entre las mías y le dije:

  -- Mary, por favor.... no quiero que te preocupes, ya veremos como resolvemos esto.

  Pero sólo fueron palabras, meras palabras para infundirle cierta calma, pues realmente no tenía ni la más remota idea sobre lo que había ocurrido conmigo, o por que me encontraba en aquel sitio.

   Pero entonces comprendí, que si de algo estaba bien seguro, era de que todo era real.

  Un poco más tarde le pregunté que se suponía que debía yo hacer ahora, y ella, echándome una mirada triste me dijo en voz muy baja:

    -- Debemos recoger el maíz.

   Así, todo el resto de aquel día, me lo pasé trabajando en el pequeño cultivo que se hallaba en una parcela detrás de la cabaña; haciendo sólo una pausa para almorzar en silencio, junto a la joven y el pequeño Robert. Cuando bajó el sol, y luego de una agotadora jornada de trabajo rural, me eché totalmente rendido sobre la que se suponía era nuestra cama de matrimonio.

   Hasta ese momento, la única explicación racional y científica que pude hallar para lo que me estaba sucediendo, era que inexplicablemente yo había traspasado algún portal en el espacio tiempo, y aterrizado en aquel sitio y en aquel remoto tiempo, y que según me había dicho Mary se trataba del año mil setecientos setenta.

   Lo que no lograba comprender aún, era de que manera, yo me había transformado en Jack Wilson, si aún conservaba el aspecto normal y corriente de quien yo era, Richard J. Stevens.

    Esa noche me eché en la cama, y me dormí profundamente, con la idea en mi mente de que al día siguiente despertaría en mi mundo, del que yo formaba parte, y que todo lo acontecido habría resultado un mal sueño.

    Apenas asomó el sol en el horizonte, y un gallo me despertó con su canto; rápidamente y emocionado salté de la cama; pero luego comprobé con tristeza que aún me hallaba en el dormitorio de aquella modesta cabaña. Mary dormía profundamente sobre ella, y en un pequeño camastro a nuestro lado, el pequeño Robert.

     Me tomé la cara con ambas manos y salí al exterior.

    Aquella insólita situación había desbordado mi entendimiento. Una angustia feroz me invadió, y rompí a llorar desconsoladamente cual un chiquillo.

    Dos días más tarde, acabada de juntar la cosecha de amarillas mazorcas, Mary me dijo que debíamos cargar la carreta y dirigirnos hasta la ciudad para vender, aparte de aquel maíz, otros productos de nuestra supuesta granja.

    Casi no hablaba, me había concentrado de tal manera en buscar la forma de salir de aquella situación, que todo lo que me rodeaba no tenía para mí la más mínima importancia. Me había convertido en una especie  de espectador de un filme.

    Un par de meses más tarde, sólo un par de meses; integraba yo la comunidad de aquel lugar.  

    Me había resignado a vivir en aquella época, muy distante de mi tiempo y a la cual no pertenecía. Descubrí que tenía amigos, y alguno que otro pariente y que fui conociendo con el correr de los días.

   Mi relación con Mary había cambiado, refiero esto con respecto a mi anterior conducta y cercana a la fecha de mi "arribo".

   Como era inevitable, comencé a enamorarme de aquella bella mujer, y a querer al pequeño Robert,  y  mi nueva vida continuó como la de cualquier matrimonio. Casi estaba todo bien, casi, pues el gobierno del rey Jorge nos tenía a mal traer con sus fuertes impuestos y sus duras leyes, aplicadas con mano de hierro a través de su ejército colonial.

   Con el tiempo, nosotros los colonos, comenzamos a organizarnos; no solamente en aquella zona sino en todo el territorio; era de esperarse, por lo menos de mi parte que conocía la historia, que aquellos habitantes del nuevo mundo hubieran decidido que había llegado la hora de independizarse.

   Una cosa llevó a la otra, y comenzó la resistencia hacia los que por aquellos tiempos eran nuestros amos.

   Mis manos, endurecidas por la dura tarea del campo, estaban más que dispuestas y con el transcurso de los años de abuso; a empuñar un mosquete contra del ejército del rey. Diversos alzamientos se produjeron en muchos sitios, que con o sin éxito, yo sabía que sucederían.

   Así, de esa simple manera, me sumé a las filas del ejército irregular insurrecto; me sentí participante de aquel pedazo de historia, y que antes yo sólo conocía por libros.

   La mayoría de los combates y escaramuzas que se produjeron, nos fueron desfavorables en un principio, y como sabía que ocurriría, poco ya me importaba.

   Casi ya no recordaba a mi amada Roseane, a mis padres y a mis futuros suegros; era cosa del pasado y paradójicamente el pasado era mi presente. Sólo en algunas noches, cuando fuera de la cabaña me encontraba, fumando mi pipa de madera y contemplando las estrellas; acudían a mi mente algunos vagos recuerdos de aquella vida anterior de la cual casi había olvidado. Casi diez años habían pasado desde mi llegada a aquel sitio, mi hijo Robert se había convertido en un hermoso jovenzuelo, y no sólo eso es lo que puedo contarles; con mi esposa Mary, que permanecía tan linda como siempre, habíamos tenido dos hijos más, Jonathan y Lisa.

    A mis cuarenta años me había convertido en un jefe de familia ejemplar, un buen y respetado ciudadano de aquella comunidad, hábil en sus tareas, en el manejo de la espada y del mosquete de chispa. De esto último me había ocupado, y con el correr de aquellos años, en aprender concienzudamente con los mejores del lugar, por considerarlo de fundamental importancia para la supervivencia en aquel salvaje territorio.

   Pero un buen día que comandaba mi grupo rebelde; pues había sido honrado, con el grado de teniente; recibí una bala de mosquete en el costado izquierdo de mi cuerpo. Créanme que un poco asustado estaba, cosa que muy bien supe disimular debido a mi rango de líder de aquellos colonos.

   Sufrí bastante para recuperarme, por supuesto también temiendo la posibilidad de una infección que me enviase a la tumba, dado que todavía no existían los antibióticos y la cirugía tal como yo la conocía.

   Como era de esperarse, como yo ya lo sabía, la guerra de independencia más tarde se desató con toda su furia. Los combates del ejército regular de las colonias, enfrentando abiertamente a los soldados del rey, pasaron de ser simples escaramuzas a verdaderas batallas por controlar uno u otro territorio.

   Un fatídico día, y luego de una fallida escaramuza con los soldados del rey, me encontraba cortando leña fuera de la cabaña, cuando un grupo de jinetes; más precisamente diez, se acercaron al galope. Los reconocí desde lejos por sus rojizas casacas.

   No atiné a tomar el rifle, pues a mi familia querida a peligro grave expondría, por lo que haciéndome el distraído seguí cortando leña con mi hacha. Un capitán los lideraba y venía al frente de aquella tropa, cuando a escasos metros de mí se detuvieron y prestos descabalgaron.

   Mary salió de la cabaña muy asustada y yo traté de tranquilizarla diciéndole que no temiera, y que no ocurriría nada malo. Que era mejor que permaneciera dentro de nuestra casa mientras yo solucionaba cualquier posible problema.

   Desenvainó su brillante sable de batalla aquel arrogante capitán y me colocó su filosa punta tocándome el centro del pecho, quedé inmovilizado por aquel acto que francamente yo no esperaba.

   Enseguida me rodearon cuatro o cinco soldados prestos a disparar con sus rifles, mientras un veterano sargento y leyendo un papel amarillento que desenrollo de inmediato dijo:

   -- Jack Wilson, se le acusa de traidor a la corona, rebelde e insurrecto súbdito de su majestad el rey Jorge. De combatir en contra de los soldados del ejército real y dar muerte a varios de ellos. Por lo tanto se lo condena a morir en la horca sin juicio previo y en vigencia de la ley de guerra.

    Firmado : general Douglas Malcom Haggerty.

   Terminando de decir éstas palabras dos de los soldados me sujetaron fímemente y de ambos brazos. No resistí en lo más mínimo, pues comprendí que era inútil, mientras bajo un gran árbol me arrastraban y otro soldado lanzaba una cuerda alrededor de una gruesa rama.

   Indudablemente, supe de inmediato que allí todo terminaría para mí, estaba condenado y moriría en unos minutos más.

    Mary tuvo que ser detenida por dos de los esbirros, que forcejearon con ella; pues la pobre se hallaba sumida en un mar de gritos y lágrimas durante todo lo que duró aquella secuencia.

    Me subieron a un caballo y ataron mis manos a la espalda. Rogué a Dios que recibiera mi alma y luego sin más, ellos el caballo azuzaron. Un fuerte tirón sentí en el cuello, y luego todo fue oscuridad para mí. Sabía, es decir suponía, que iría al encuentro del Creador, pues mi fe había sido siempre y seguía siendo  muy grande.

    Acudieron a mi mente, y a último momento, imágenes de toda mi vida, además de los relatos de la vida después de la muerte que tantas y tantas veces había escuchado.

    Lo único que lamentaba, en aquel momento aciago, era abandonar a mi amada Mary y a mis hijos, a quienes quería con locura.

    Pensé por un momento, y al percibir una brillante luz delante de mis ojos y que me encandilaba de sobremanera; que todas aquellas historias  de la vida luego de la muerte eran ciertas.

    Esperé en cualquier momento encontrarme con Dios.

    Y así lo creí, cuando de improviso percibí una borrosa silueta que no podía distinguir muy bien, debido a aquella brillante luz que todo lo inundaba.

    Luego sentí un fuerte sacudón sobre mi hombro y una voz femenina que decía:

    -- ¡Richard!...¡Richard!...¡Despierta!...¡Despierta!....que te has quedado dormido a pleno sol y te hará mucho daño.  Te hemos buscado toda la mañana y no te podíamos hallar....¡Sinvergüenza!...

   A duras penas, abrí bien grande mis ojos, sólo para ver que de Roseane se trataba; la cual estaba en cuclillas a mi lado y tocándome con suavidad la cara.

   Anonadado y mudo totalmente quedé, pues no podía ni hablar siquiera. Estaba estupefacto, tal es así, que ella me preguntaba si me encontraba bien, e insistía en llevarme a un médico cercano para tratarme por insolación.

   Más tarde llegamos hasta la casa de los padres de mi novia, y todos prestamente se apuraron a auxiliarme, dado el color rojizo de mi cara y mis brazos, y además parecía al borde del desmayo. Me acostaron en una cama, y me dieron de beber agua fresca. Así estuve una hora, más o menos, hasta que llegó el médico y llevó a cabo una exhaustiva revisación de mi persona.

   Concluyó que no se trataba de nada grave, un poco asoleado no más; pero antes de irse y como intrigado, se acercó y me dijo mirándome con inquisitiva curiosidad:

    -- Que fea marca....esa que tienes en el cuello muchacho...¿En que situación te la has hecho?

   En aquel preciso momento, y como si mil resortes de gran potencia, que instalados en la cama me dieran impulso, salí disparado hacia el baño para luego mirar mi cuello en el espejo.

   Lo que vi fue aterrador, y tuve que sostenerme del pequeño lavabo para evitar caer al suelo, ya que mis piernas se habían aflojado y temblaban como un par de hojas.

   Alrededor de mi cuello, lucía una huella sobre mi piel, entre rojiza y morada.

  Poco tiempo después y según me refirió mi futuro suegro, una vieja leyenda contaba que en aquel viejo árbol, y bajo el cual me quedé dormido; el ejército colonial del rey había ahorcado a un patriota de nombre Jack Wilson, que había luchado en las guerras de independencia. Además, era una realidad que ningún lugareño se atrevía a sentarse debajo de él.

   No tuve más remedio que hacerme el zonzo, ante aquella leyenda histórica, fuera cierta o no, pero no miento si les digo que me llevó varios años superar aquel episodio, y  aún hoy tengo alguna pesadilla cada tanto.  Créanme mis amigos, y sin mentir  en lo absoluto, que el que les habla vivió diez años en un día, y nunca más olvidaré, y por mucho que los años que pasen, que viví dos vidas en una.

   Desde ese tremendo día, a todo aquel que narre una historia, y por muy fantástica que ella parezca, sepa que tiene en mí a su más atento oyente.

 

FIN  

 

 

Este cuento pertenece al libro "Cuentos increíbles",  obra inédita del autor. Para reproducir parcial o totalmente dicho relato debe contar con el consentimiento del mismo.

 

 

 

 

 
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