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Federico Andahazi

Cuando tenía alrededor de veinte años, mandé material a la revista Crisis. Eran unos capítulos extraídos de una novela que estaba escribiendo, cerrados en forma de cuento. Esa misma semana, Crisis cerró. Me llamaron para que pasara a buscar el material y cuando fui, Osvaldo Soriano (creo que era el director editorial) me dijo que le habían gustado mucho mis textos. Quedamos en encontrarnos para tomar un café y estuvimos hablando un rato largo en el bar Academia. Ese encuentro produjo dos efectos contradictorios (se ríe). "Fue tal el golpe de que semejante escritor reconociera algo de valor literario en lo que yo hacía, que creo que no volví a escribir en los cinco años siguientes. En ese momento yo estudiaba en la universidad y no volví a escribir hasta que me recibí.
"Pero lo que realmente le debo a Soriano es que esa tarde aprendí a desacralizar la literatura. Creo que hubo parte de una generación que no se animó a escribir porque pensaba que después de Borges ya no se podía escribir. Me parece que quien se proponga escribir tiene que proponerse también ser un poco caradura. Si la literatura fuera sagrada, entonces no quedaría más que arrodillarse y adorarla".
Andahazi apura el último cigarrillo. La reflexión es casi una declaración de principios. "Es cierto que no se puede escribir mejor que Borges. Pero no se puede vivir paralizado por ese lastre".

(fragmento de nota de Verónica Chiaravalli,  La Nación On Line, 09-03-97)

Marcelo Di Marco

Un taller literario es bueno si, a los tres meses de entrar, la persona escribe mejor; en ese lapso se tienen que notar progresos evidentes. De lo contrario, el taller puede convertirse en una especie de rueda de interpretadores, de reunión de amigos, en una manera de encontrar novio, hacer terapia de grupo o huir de la angustia. Un buen taller literario debe enseñar a leer y a escribir, debe mostrar cómo tener la vela del barco desplegada y maniobrar el timón; lo que no va a dar nunca es el viento. No se puede aprender lo inaprensible. Cuando uno lee los clásicos le es muy difícil aprender cosas desde el punto de vista técnico de la literatura, porque está todo tan naturalmente puesto y hecho, tan oculta está la cocina, que casi no es posible ingresar en esas obras desde el punto de vista técnico. Ese ocultamiento no se puede aprender, ese es el plus de misterio al que uno no puede acceder. Uno lee determinados textos y se pregunta "¿Cómo hizo?" Ese es el grado de misterio que ningún coordinador de taller podrá decodificar nunca.

(fragmento de nota de Judith Gocial, La Maga, 17-12-97)

Diana Bellesi

Yo no tengo certificado de estudios de nada más que del secundario pero hice casi toda la carrera universitaria en filosofía. Dejé dos materias que nunca di y por eso, no me gradué. En un tiempo determinado, en pleno gobierno de Onganía, me agarro una mochila, me voy a Chile primero y no paro sino que sigo caminando por todo el continente. La primera poeta que intento leer es Dennis Levertov. Munida de un pequeño diccionario de las clases de inglés que yo misma me enseño y de lo que aprendo en la calle y en la fábrica, empiezo a leer a Dennis Levertov, acto seguido empiezo a leer casi todas las poetas. Además, empiezo a asistir a las lecturas públicas de muchas de ellas. Al poco tiempo, y con el poco inglés que tenía, empiezo a traducir. Este proceso me llevó años y años, yo traduje, retraduje, y retraduje mis primeras lecturas.

(fragmento de nota de María Claudia André, Revista de Cultura nro. 15, Sao Paulo, Brasil, agosto de 2001)

 

 

 

 

 
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