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Jorge Luis Borges
Creo que ese es el oficio, o si usted quiere es una palabra más ambiciosa, el destino del escritor: cambiar las cosas... Yo mismo tengo la impresión de que todo lo que me sucede, incluso el infortunio, sobre todo el infortunio, me son dados para que yo los cambie en algo, y por eso hay una gran literatura del infortunio y no de la felicidad, que yo sepa. Porque la felicidad es un fin en sí, mientras que el infortunio debe transformarse en otra cosa... Esa cosa es el arte. Puede ser la música, la pintura... En mi caso no es sino la literatura.
(fragmento de nota de Bernard Pivot, La Jornada Semanal, 23-03-97, traducción de Juan Moreno Blanco)
Yo, el otro día, estuve dictándole algo y usted habrá visto cómo me demoro en cada verbo, cada adjetivo, cada palabra. Y, además, en el ritmo, en la cadencia, que para mí es lo esencial de la poesía.
(fragmento de conversaciones con Osvaldo Ferrari)
Isidoro Blaisten
Puedo ganar el Premio Nobel y aun así escuchar que me digan "seguís siendo siempre el mismo desorganizado" o "no sos práctico" o "no tenés una buena relación con el dinero". Puedo llegar a dar propinas dispendiosas o veinte centavos con gesto principesco.
¿Y esa sensación se refleja en sus cuentos?
Un poco. En "Violín de fango", por ejemplo, aparecen los personajes de los hermanos "con los diplomas abajo del brazo". Es que en esto de ser escritor no hay título que te avale ni diploma que te sirva. Yo conté en Anticonferencias que una vez me preguntaron: "¿Así que usted es poeta? ¿Y qué más?". Me parece que ahora hay nuevos clisés, adaptados para cada circunstancia. En "Después de la presentación" hay un asesino y gente que viene de la presentación de un libro. El asesino está ahí, pero la gente está concentrada en decir un lugar común tras otro: "Estaba toda la fauna y la flora". "Tengo una asignatura pendiente". "Pero cómo hablaba, no terminaba nunca". Creo que nos movemos en el terreno de la hipocresía. Hay cosas que no se pueden decir.Creo que el desafío es seguir siendo fiel a uno mismo, también en esas circunstancias. Recuerdo unos versos de un poeta turco que leíamos en aquella época, Nazim Hikmet: "Sin jactarme, querida/ pasé como una bala estos diez años de encarcelamiento/ pero guardo como entonces salvo este mal al hígado/ el mismo corazón y el mismo pensamiento". Para mí, la vida de un escritor es eso: poder conservar siempre el mismo corazón y el mismo pensamiento.
(fragmento de nota de Mónica Sifrim, diario Clarín, 06-04-04)
María Esther de Miguel
Sólo dos cosas pero esenciales: leer muchísimo, porque en literatura leer es parte del trabajo. Y aprender a perseverar. Por eso cuando alguno de ellos me pregunta: "María Esther, escribí un cuento, ¿qué hago ahora?". Yo contesto: "Muy bien, te felicito. Ahora escribí cien más".
(fragmento de entrevista de Raquel Garzón, Clarin Digital, 14-02-99)
Guillermo Martínez
Lo que me fascina de escribir es la posibilidad de organizar relaciones sometidas a sus propias leyes internas y que no están ni en la filosofía ni en las matemáticas ni en la vida real. Lo más difícil en literatura es lograr al día siguiente reconstruir la atmósfera en la que uno escribía el día anterior.
(fragmento de entrevista de Silvia Hopenhayn, La Nación Line, 06-09-00. Cultura).
Andrés Rivera
Me ocurrió un episodio que, creo, le debe haber pasado a muchos escritores. En esa última charla que di en Córdoba, se me acercó a la salida un muchacho de no más de veinte años que me dijo algo imposible de creer: que me había leído -ni siquiera mencionó qué libro- y que eso le había cambiado la vida. ¿Qué le iba a contestar? ¿Que no podía ser, que estaba exagerando? No le contesté nada... ni "gracias" le dije. Me quedé callado, mirándolo... Me hizo pensar otra vez en el oficio. Está claro que el muchacho exageraba; si no, no sería un muchacho. Claro, con dieciocho, diecinueve años, ¡si no se exagera a esa edad! Pero me hizo pensar en el poder del oficio... (fragmento de nota de Miguel Russo y Gabriela Timann, La Maga, 03-04-96)
Juan José Saer
Uno no puede escribir novelas y cuentos en América Latina como si Arlt, Onetti, Rulfo, Guimaraes Rosa, Felisberto Hernández y Borges no hubiesen existido. Y también podemos transponer eso a otros escritores que no son latinoamericanos, como Cervantes, Joyce, Beckett o Faulkner. Uno crea su propia tradición. Yo no pretendo que sea la única, pero si uno construye una tradición, esa tradición crea obligaciones y esas obligaciones deben respetarse. A Godard le dijeron en una entrevista que Spielberg siempre se refería a él como a un gran maestro, y Godard se reía. Cuando se lo repitieron dos o tres veces, terminó por decir: "Bueno, que me mande un cheque". Hay también escritores que exaltan a otros escritores como sus maestros, pero que no reflejan en sus obras esa admiración. Admirar supone ciertas obligaciones. Para poder admirar a un escritor hay que merecerlo. No decir que se admira a Shakespeare y escribir como Paulo Coelho. Justamente Coelho dijo en Buenos Aires que para él los dos escritores más importantes de América Latina eran Jorge Amado y Jorge Luis Borges. Yo opino que alguno de los dos tendría que protestar.
(fragmento de diálogo con Ana Inés Larre Borges, Brecha, Uruguay)
Mempo Giardinelli
Creo, como Marguerite Yourcenar, que un escritor es aquel que todo acontecimiento que sucede lo tiene que poner en palabras. Recordarás aquella imagen de Yourcenar que es maravillosa, que dice que si a un escritor le tiran un guante en la cara, el tipo ni se ofende, ni se pone a gritar, ni le da una trompada al otro, sino que agarra el guante, lo investiga claramente y escribe un texto sobre el guante. Yo tomé así este hecho. Yo no soy un ensayista, no soy un filósofo ni un pensador, solamente soy un escritor, un ficcionista, un tipo que tiene algunas ideas de la realidad y le mezcla un poquito de imaginación y hace un cóctel medio bastardo y sale literatura.
(fragmento de nota de Mona Moncalvillo,revista Humor, 1991)
Rodrigo Fresán
Yo recibí una educación muy agnóstica, muy atea, muy sesentista, y creo que el hecho de tener una vocación muy firme suple mucho la idea de un dios o de alguien a quien agradecer, o con quien sentirse en deuda. Yo me siento en deuda con mi vocación todo el tiempo. Una deuda placentera, que pasa por la idea de tener que seguir escribiendo y hacerlo cada vez mejor.
(fragmento de nota de María Sonia Cristoff , La Nación Line, 05-08-98)
Alejandro Dolina
No me reconocen ciertos circulos, pero curiosamente me reconocen grandes escritores que yo admiro, como Bioy y Sabato. Quizás otros escritores, entre los cuales figuran aquellos que yo no leo, no estén muy anoticiados de mi existencia, y quizás tengan razón. Digamos que en los suplementos literarios y en las avenidas centrales de la literatura, es posible que se me considere como un fenómeno marginal. Pero yo, si para algo me he preparado, es para la literatura. Claro que escribir no es grato. Es grato haber escrito. Uno siente placer mientras canta, pero mientras busca un desenlace o establece una trama, no. Por empezar, no llaman los oyentes, no aplaude nadie y uno siente muchísimo desaliento. Yo siento que me flaquean las fuerzas cada tres frases
(fragmento de nota de Leila Guerriero, La Nación Line, 1996).
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