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María Esther de Miguel

Yo, en realidad, no creo en los rótulos. No sé qué es la novela histórica. Como tampoco creo que exista eso que algunos llaman "literatura femenina", estableciendo diferencias entre escritores y escritoras. Simplemente escribo sobre lo que me interesa en un momento determinado. A veces son temas históricos, otras no. Sin embargo, creo que si se pretende contar un hecho histórico hay límites para la ficción. Fabián Gómez y Anchorena existió. Yo lo tomé y le agregué algo. Poco, en realidad, porque no se puede torcer la vida de un hombre cuando se pretende contarla. Es diferente cuando la historia guarda silencio absoluto, como me pasó con el personaje de Nicanor en El general, el pintor y la dama: nunca nadie supo qué había sido de él y entonces yo tuve más espacio para la invención. En el caso de Las batallas secretas de Belgrano, en cambio, recosté absolutamente la ficción sobre la historia y escribí los diálogos de Belgrano basándome en sus cartas.

(fragmento de entrevista de Raquel Garzón, diario Clarin Digital, 14-02-99)

Héctor Tizón

Cuando empecé a escribir, yo sentía que pertenecía a una región del país destinada a perder sus formas culturales propias y nació en mí cierta pretensión de anticuario: la idea de conservar voces destinadas a morir, no por buenas o malas, sino porque el mundo cambia y el cambio arrastra consigo muchas cosas. Ese fue el afán que me llevó a escribir Fuego en Casabindo, El cantar del profeta y el bandido, y de alguna manera, también Sota de bastos, caballo de espadas. Después, el tiempo me enseñó que lo que tiene que perderse se pierde, aunque el voluntarismo pretenda lo contrario. Y que, paradójicamente, nada muere del todo cuando el cambio y la mixturación enriquecen. Por eso, desde hace unos cinco libros, mis historias ya no están localizadas. Casi no hay sitios que señalen directamente hacia el noroeste argentino y los personajes no tienen nombre. Se llaman "el hombre flaco" o "el hombre gordo", nomás. En Extraño y pálido fulgor también se da eso. El protagonista sólo tiene un alias: elige ser Juan Fernández, el destinatario de las cartas que encuentra en un cuarto de hotel, pero no conocemos su nombre antes de eso.

(fragmento de diálogo con Raquel Garzón, diario Clarín Digital,  29-08-99)

 

 

 

 
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