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Eduardo Belgrano Rawson

Bueno, sí. Soy de San Luis, puntano, que le dicen. Mi padre era allí profesor de filosofía y me sugirió, cuando yo tenía nueve años, que fundáramos una biblioteca pública infantil. Para eso tuve que convencer a mi amigo Valentino, que me miró torcido porque él, en realidad, prefería fundar un club de pelota a paleta. Al final aceptó, a regañadientes, y yo fui a los diez años nada menos que presidente de la Biblioteca Infantil Sarmiento.Bueno, yo me vine de San Luis a Buenos Aires cuando terminé el secundario, supuestamente a estudiar. Luego hice, como debe ser, ese inevitable paso fugaz por Derecho. Algo inevitable para quienes están decididos en el fondo a no ser abogados, una fauna casi reconocible, te diría. Cuando había llegado a la mitad de la carrera me dediqué al periodismo, estudié cine y también escribí guiones de historieta para las famosas revistas de Editorial Columba -El Tony, DArtagnan, Intervalo-. Con seudónimo, claro.

(fragmento de nota de Monica Sifrim, diario Clarín, sección Cultura, 30.08.09)

Guillermo Saccomano

Mi abuela era una presencia muy fuerte. Trabajó de sirvienta y de lavandera de familias bien de la época. Con todo, acá la pasaba mucho mejor que en su aldea, donde estaban muy sometidos. Tengo buenos recuerdos de mi abuela, pero cuando una enfermedad dura hasta el final, los recuerdos buenos se borran. Sin embargo, hay algo que me queda y está en el libro. A mi abuela le gustaba mucho escuchar y contar historias, y me hablaba de una parienta de ella, que entonces vivía enfrente de mi casa. En su aldea en España, esa mujer había tenido un hijo con el cura, y el chico se le había ahorcado a los 33 años. Cuando yo tenía 7 u 8 años, a la tardecita me cruzaba a la casa de esta otra gallega, que me contaba la historia de San Jorge y el dragón mientras me daba pan mojado en vino con azúcar. Imagináte a esa edad, que te cuenten eso mientras te dan vino, ¿sabés adónde te mandan?".

(fragmento de nota de Verónica Chiaravalli, diario La Nación Cultura, 18.08.99)

Hector Tizón

Yala (Jujuy) es un lugar paradisíaco, antiguo y grande. Esto tiene ventajas e inconvenientes. Por ejemplo, cuando me pintan la casa, los pintores reacomodan los libros por tamaño y entonces es como no tenerlos; no encuentro nada, pero lo lindo es irlos redescubriendo. Hoy, Yala se ha convertido en un lugar suburbano, con una ruta excelente, y en minutos se está en la ciudad. En mi niñez quedaba muy lejos y era un pueblo autónomo. Había de todo. Se podía comprar whisky importado; entonces funcionaba bien la colonia. Bueno, ahora también. La gente vivía, se maleducaba y moría allí. No abandonaba el pueblo. Hoy se van a trabajar a la ciudad, los que tienen trabajo.

(fragmento de nota de María Esther Vazquez, diario La Nación, 10-05-97)

Alberto Laisecca 

 Yo fui un niño absolutamente soviético. No por ideología, sino por la presión social. Mi padre era Josef Stalin, no sé si sabías. Y la única forma que tenía de defenderme de los confinamientos, de la obligación de construir gasoductos fue la imaginación, escribir. Escribir y el juego de las figuritas, un juego que yo había inventado. Dibujaba personajes, los recortaba y los hacía formar historias. Ejércitos en marcha, expediciones que buscaban tesoros o rescataban princesas. Ese juego me salvó. Y también la pandilla con los enanos, esa que repudiaban mi viejo, el tío Enrique y la tía Zulema. Porque los nombres son esos, los puse tal cual. Yo tengo mucha memoria y te aseguro que los comentarios son textuales: "A ver si te hacés hombre, dejate de joder con los enanos!". Han pasado 45 años, pero no lo olvido. La espina de tiburón en la garganta, como digo en el gusano, la tengo atravesada todavía.

(fragmento de nota de Flavia Costa, diario La Nación, 1999)

Alej andro Dolina

Yo lamento no haber tenido una niñez desgraciada ni una adolescencia llena de problemas, porque esto suele generar buena literatura, pero he sido feliz. Mi papá era un ejecutivo de Plavinil Argentina, un señor de números. Nos llevábamos muy bien, nos queríamos tanto... Me amaba tanto ese hombre... Y además cantaba tangos. Mamá era más parecida a mí, me comprendía más. Pero yo no estoy muy seguro de haberla querido más a ella. Mi casa era una casa de personas librescas. Se leía mucho, había muchos libros, y yo primero jugaba con ellos y después me dio por leerlos. Era un chico rodeado de grandes, al que todos le enseñaban cosas. Era una especie de bufón de la corte pero no desdeñaba los juegos. Incluso en el colegio he sido buen alumno, pero también un chico bastante revoltoso, y más amigo de los atorrantes que de los aplicados. En la intimidad de mi casa trataba con libros, pero no bien salía debía dedicarme a otras actividades, porque Caseros era una localidad más generosa en atorrantes que en bibliotecas. Me he criado en un barrio muy difícil, donde la cobardía era la peor de las calamidades, la peor de las acusaciones. Un hombre cobarde ya no tenía lugar allí. Entré a la literatura por la puerta nunca menor de las novelas policiales. Devoré a Ellery Queen, todo El Séptimo Círculo y, cuando se terminaron las historias de policías y detectives, ya era demasiado tarde: no podía vivir sin leer.

"Pero mis lecturas, como dice mi amigo Jorge Dorio, se han detenido treinta años atrás. No porque yo haya dejado de leer, sino porque leo muy poco a los autores actuales. Todo libro que uno lee es también un libro que no lee. Nos vamos a morir. Una elección es una renuncia, y por ahora prefiero renunciar a ciertos autores de hoy

 (Fragmento de nota de Leila Guerriero, diario La Nación OnLine, 1996)

 

 

 

 
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