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Noé Jitrik
Juan José Saer me fascina. En él siempre encuentro algo que me resulta muy estimulante. De todas formas creo que hay una gran diferencia entre los escritores contemporáneos y los que podríamos decir que forman parte del panteón clásico. Los clásicos tienen una acumulación de lecturas que se proyecta sobre su obra y permite que veamos más cosas. Para que los contemporáneos reciban un trato igual falta tiempo. Sin embargo, hay escritores actuales que me fascinan, incluso hasta las lágrimas. José Saramago, por ejemplo. Pero no quiero hacer un panteón de contemporáneos ya consagrados. Son muchos los que leo con placer. Por ejemplo, por citar a uno, leí con mucho agrado la novela La mujer de Wakefield, de Eduardo Berti. Es un proyecto de una sabiduría tan extraña. Está tan armónicamente resuelto ese sobrenadar sobre la angustia. De ninguna manera soy un escéptico sobre la literatura actual.
(fragmento de nota de Daniel Molina, diario Clarín, 08-08-99)
Isidoro Blaisten
Hubo un momento en que si vos decías que leías a Borges eras condenado al ostracismo, entre los sesenta y los setenta. -¿Y usted por qué lo leía? -Porque me gustaba -¿Tenía acceso a la compra de un libro de Borges y el resto de sus compañeros podía comprarlo y no lo leía? -O lo compraban y lo leían, pero no lo decían. Ahora se habla mal en público y bien en privado. Antes era al revés. Por ejemplo: a mí me aburre Derrida, o Bajtin o Umberto Eco. Quién se anima a decir un sábado a la tarde frente a los chorizos: "A mí no me gustó El nombre de la rosa. Me salteé todas las partes en latín". Si uno lo dice, se incinera. "Ay del solo", dice la Biblia
(fragmento de nota de Mónica Sifrim, diario Clarín, 06-04-04)
Alberto Guirri
Tengo, como cualquiera, autores preferidos, y la nómina varía de tanto en tanto. Guenon, Benjamin, Steiner, el Benn ensayista. Los leo fragmentariamente, y pienso que, fuera de la importancia intrínseca de escritores de ese nivel, mi afinidad se basa en que desde sus esferas suscitan lo que sólo a maestros les es dada provocar: una toma de contacto con nuestro interior más problemático, al margen de las repercusiones de tipo estético, formal, o la profundidad del pensamiento discursivo. Es posible, sin embargo, y ya me sucedió, que súbitamente cierre esos libros, y entre en lecturas erráticas, donde lo que prevalece es la curiosidad informativa, deseo de saber de otras experiencias. En un momento dado, me rodeaban el famoso y disparatado "Manual de urbanidad", de M. A. Carreño, una biografía de Jelly Roll Morton, un estudio sobre Faulkner en Hollywood, como guionista. Ahora no soy demasiado aficionado a leer narrativa, pero volví a Nabokov, sus "Fuego pálido" y "Detalles de un crepúsculo"; y las lecciones de literatura, editadas póstumamente. ¿Cómo resistir a su análisis de Ana Karenina, o de Dostoievsky, a quien califica de periodista chapucero cuyos asesinos sensibles y prostitutas conmovedoras son insoportables? ¿Y su versión del Quijote, como catálogo de crueldades? De esas lecturas, relecturas, demás está agregar que no excluyo a la poesía. Sigo con los preferidos, Williams o Stevens, Michaux o Ponge, o Ungaretti. Una familiaridad que, por tratarse de grandes obras, no banaliza las relaciones, las ahonda. Mi novedad, es el redescubrimiento de Yeats. A tal punto recuperé el placer de textos que no había leído desde mi juventud, que escribí algunos poemas inspirados en ellos; como escollos, comentarios a las visiones de Yeats
(fragmento del libro Alberto Guirri, cuestiones y razones, Ed. Fraterna, 1987)
Diana Bellesi
Primero y sobre todo, Gabriela Mistral y después, adoro a los modernistas. Me gustan mucho José Asunción Silva, el colombiano y por supuesto, José Martí, cuyas prosas adoro. Rubén Darío, quien es una enseñanza colosal todo el tiempo. También la gente que nace con el Ultraísmo y que rompe con el Modernismo. En la Argentina tengo grandes amores por Ricardo Molinari y por Juan L. Ortiz, y por supuesto, con las que vienen después, como por ejemplo, Amelia Biagioni, Alejandra Pizarnik, Olga Orozco y con todas las de mi generación hacia las más jóvenes. Tengo algunos grandes amores latinoamericanos.
(fragmento de nota de María Claudia André, Revista de Cultura nro. 15, Sao Paulo, Brasil, agosto de 2001)
Leopoldo Brizuela
Me gusta toda la narrativa del siglo XIX, Conrad por sobre todas las cosas, Henry James, Jack London y después, de italianas como Elsa Morante. De los contemporáneos John Berger me parece lo más lindo que hay y un portugués que se llama António Lobo Antunes. ¿Y argentinos? -Borges. No se escribe lo mismo después de él. También me pasa con escritores de mi generación con los que tenemos escrituras muy distintas pero también cosas en común. Con Marcelo Birmajer la preocupación por la ética que es, teóricamente, muy demodé. Con Esteban Buch la visión de ver lo presente como un indicio de lo ausente. Con Pablo de Santis la preocupación por la lengua. En Guillermo Martínez está la idea de la prosa decimonónica, la frase clara y bien trabajada que me identifica. ¿No hay mujeres en la lista? -No. Sí tengo a tres chicas a las que sigo: María Moreno, Diana Bellesi y Mirta Rosemberg. Todo lo que dicen me influye, me nutre pero son de otra generación.
(fragmento de nota de Ana Laura Perez, diario Clarín, 14-10-01)
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