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Jorge Luis Borges
Bueno, cuando viene gente a casa les pido que lean a Bernard Shaw, o que me lean a Schopenhaüer, Virgilio, Séneca, Chesterton. Creo que hay un excelente novelista que se llama García Márquez. En los EE.UU. hay muchos buenos escritores totalmente olvidados. Lugones ha sido injustamente olvidado en la Argentina.
(fragmento de entrevista Revista Extra nro. 187 Enero 1981)
Tomás Eloy Martínez
Cualquier argentino más o menos ilustrado sabe que El Matadero, Facundo, Recuerdo de provincia, Una excursión a los indios ranqueles y Martín Fierro son los textos ineludibles del siglo XIX, pero la mayoría empieza acercándose a ellos por obligación, porque en toda lectura hay un principio de placer pero también de necesidad y de urgencia Un canon argentino basado sobre tal principio no podría excluir -en este fin de siglo posterior a Borges, Bioy Casares, Cortázar, Bianco y Manuel Puig- los poemas de Juan Gelman, los cuentos de Rodolfo Walsh, las tres primeras y la última novela de Osvaldo Soriano, Respiración Artificial y Crítica y ficción de Ricardo Piglia, La vida entera y La máquina de escribir de Juan Martini, El entenado y los poemas de Juan José Saer, Canon de alcoba de Tununa Mercado, La revolución es un sueño eterno de Andrés Rivera, Fuegia de Eduardo Belgrano Rawson, Luz de las crueles provincias de Héctor Tizón y los poemas de Enrique Molina, Olga Orozco y Amelia Biagioni, por citar sólo autores que han pasado ya los cincuenta años o que -en un par de casos- han alcanzado reconocimiento póstumo
(fragmento de nota de Tomas Eloy Martínez, diario Nación Cultura, 10-11-96)
Abelardo Castillo
Una obra maravillosa de Camus es Calígula. La vi en teatro cuando se estrenó en Buenos Aires. El protagonista era Duilio Marzio, que actuaba muy bien en una puesta excelente. Obras como El extranjero o La caída son memorables. Entre sus ensayos, El mito de Sísifo y El hombre rebelde resultan fundamentales para comprender el pensamiento de nuestro tiempo. Décadas atrás, en Buenos Aires había dos bandos: el de Sartre y el de Camus. Yo creo que estaba más cerca del de Sartre, pero nunca ignoré, y creo que Sartre tampoco, que uno de los pensamientos decisivos de la época fue el de Camus. Casualmente en el libro de conversaciones de María Fasce (se refiere a El oficio de mentir, publicado por Emecé) hay un momento que confieso que La peste me había aburrido mucho y nunca, hasta hace poco tiempo atrás, había terminado de leerla. Roberto Arlt, Jorge Luis Borges y Leopoldo Marechal. Recuerdo que el 60 llegó desesperado a mi casa un poeta, Víctor García Robles, y me dijo: Tenés que leer la mejor novela argentina. Y me dio Adán Buenos Aires. La devoré en tres o cuatro noches. Y a partir de ese momento comencé a pensar que Marechal, junto con Borges y Arlt, era una de las tres personas de la santísima trinidad vernácula. Y se trata de hombres muy disímiles. Arlt no escribía ni tan bien como Borges ni tan bien como Marechal. Pero tenía una tensión existencial en sus textos que no alcanzaron nunca ninguno de los otros dos. Y la prosa de Marechal es muy distinta a la de Borges. No hay casi escritor argentino que no esté influido por alguno de estos tres creadores.
(fragmento de nota de El Confesionario, Ana Fuster Lavin)
Andrés Rivera
En este país, a Arlt, por ejemplo. Y a Borges. Y algunas novelas de nuestros contemporáneos Piglia, Saer, Belgrano Rawson... Y a Tizón. A veces nos olvidamos de Tizón porque está lejos geográficamente, pero él debe ser hoy el único escritor del interior del país que tiene repercusión nacional. Y bueno... (piensa). Yo lo dije en más de una oportunidad: la literatura norteamericana me sigue pareciendo la mejor del mundo.
(fragmento de nota de Miguel Russo y Gabriela Timann, La Maga, 03-04-96)
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